Martín Sifuentes: infancia de un periodista en gestación. Historias del Bicentenario

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Primera parte.

Querido lector, la vida de mi amigo Martín Sifuentes no es una línea recta, sino un territorio vasto, denso y profundamente habitado por experiencias que, como estratos de una memoria viva, exigen ser narradas con paciencia y respeto. No cabe, ni cabría, en una sola entrega. Por ello, en el marco del libro del Bicentenario de personajes contemporáneos de Matamoros, he decidido que su historia se despliegue en varias publicaciones, como quien abre un archivo de vida que se resiste a la simplificación.

Vuelvo, pues, a publicar su biografía, no como repetición, sino como ampliación. En la presente columna encontrarás vivencias que no fueron consignadas en la anterior, pasajes que emergieron con el tiempo y la confianza, y que enriquecen el retrato de un hombre cuya existencia ha sabido entrelazar oficio, carácter y destino.

En mi vocación de cronista, me mantengo fiel a un principio que considero innegociable: escribir desde la voz directa de los protagonistas o de sus familiares más cercanos, como quien recoge agua de la fuente y no del reflejo, eso lo dejo a los historiadores. Porque la memoria, cuando es contada por quienes la vivieron, adquiere una textura distinta: más humana, más precisa, más verdadera. Espero, apreciado lector, que disfrutes esta séptima crónica como se disfruta una conversación que no se agota, como un capítulo más de una vida que, al rodar de los años, sigue revelando nuevas aristas.

Martín Leonardo Sifuentes nació el viernes 30 de agosto de 1963 en Tampico, en el Hospital General “Dr. Carlos Canseco”, en una época en la que el puerto aún conservaba ese aire entre salino y nostálgico que parecía marcar el carácter de quienes llegaban al mundo en sus orillas.

Hijo de don Leonardo Sifuentes y doña Ana María Martínez, creció en el seno de una familia numerosa y entrañable, donde la vida se compartía entre afectos, aprendizajes y silencios que también educan. Fueron cinco hermanos los que dieron forma a ese primer universo: Alfredo (finado), Rosa, Maricela, Héctor y Martín, cada uno ocupando su lugar en esa constelación familiar que, con el paso del tiempo, se vuelve raíz y destino. Desde ahí, desde ese origen sencillo pero sólido, comenzó a escribirse una historia que habría de nutrirse tanto de la herencia familiar como de las decisiones propias, en ese delicado equilibrio entre lo que se nos da, y lo que decidimos ser.

En su infancia fue un niño feliz. No había lujos, pero sí una tranquilidad que hoy recuerda como un privilegio: la de crecer sin sobresaltos, arropado por lo esencial. Toda su educación transcurrió en escuelas públicas de Tampico, y cursó la primaria en la “Mariano Escobedo”, en la colonia Mainero, donde comenzaron a dibujarse los primeros trazos de su carácter.

Desde muy temprano, la comunicación lo eligió a él, o al menos así lo siente. A los seis años ya lo habitaba una inquietud casi obsesiva por aprender a leer. Veía a sus hermanos hacerlo y en ese acto cotidiano descubría una especie de misterio: el poder de entender el mundo a través de las palabras. Cuando finalmente lo logró, lo vivió como una conquista personal, un pequeño triunfo que marcaría su destino.

No tardaron en llamarlo “niño raro”. Mientras otros jugaban, él se sumergía en las páginas de “El Sol de Tampico” y en cuanta revista llegaba a su casa. Las devoraba con avidez, sin distinguir temas ni géneros, como si intuyera, aún sin saberlo, que en esas letras estaba la clave de algo más grande: su vocación.

De “El Sol de Tampico” comenzó por lo elemental, por los monitos que atrapan la mirada infantil; luego avanzó a la sección de deportes, y cuando esa ya no le fue suficiente, dio el salto natural hacia todo lo demás. Sin darse cuenta, pasó de lector ocasional a lector voraz. Así, en su edad pueril, mientras otros apenas descifraban palabras, él ya se asomaba al mundo: supo del golpe de Estado en Chile encabezado por Augusto Pinochet en 1973, de la salida del pontificado del Papa Paolo VI y de la figura de Golda Meir, la primera mujer en ocupar el cargo de Primera Ministra de Israel. La realidad internacional comenzó a habitarlo desde temprano, como si las páginas del periódico fueran una ventana abierta al pulso del mundo.

Pero no todo era lectura. Había también juego, y en ese juego ya se insinuaba el destino. Le gustaba presentar canciones, improvisar pequeños espectáculos domésticos, y con una solemnidad encantadora anunciaba a sus hermanos: “Ahora con ustedes, Leo Dan con la canción Mary es mi amor”. En ese instante, sin saberlo, dejaba de ser niño para convertirse en conductor, en mediador entre la música y el público. Desde entonces, cada vez que se paraba frente a un micrófono imaginario, sabía exactamente qué hacer. Como si la vocación no se construyera, sino que simplemente encontrara el momento preciso para revelarse.

Recuerda con nitidez casi fotográfica aquel episodio de quinto año de primaria, cuando su maestra, María Enriqueta Deutch, seleccionó a un grupo de alumnos para bailar el 10 de mayo. Y como prueba de esa memoria que no se le escapa, aún evoca los nombres de sus compañeros: Fernando de la Cruz Jerez, Jesús Sánchez Mar, Lucio Octavio Valdez Castillo, sus amiguitos en aquel intento coreográfico al ritmo festivo y desordenado de “La Culebra”, haciendo pareja con niñas en una escena que debía ser alegre, pero que para él resultaba, en el fondo, un pequeño tormento.

Porque bailar, lo sabía desde entonces, no era lo suyo. Cada ensayo le parecía un terreno ajeno, incómodo, casi hostil. Hasta que un día, ya fastidiado por la insistencia, decidió hacer lo que en verdad le nacía: propuso a la maestra convertirse en el maestro de ceremonias. No fue una ocurrencia menor; fue, sin saberlo, un acto de afirmación. La maestra dudó, lo pensó y finalmente le hizo una prueba. Bastó eso, convenció.

Querido y dilecto lector, fue así, aquel 10 de mayo de 1973, a la edad de 10 años, cursando el 5º “B” de su primaria en Tampico, tuvo su primer encuentro formal con un micrófono. No como bailarín, sino como conductor, como voz que ordena, presenta y da sentido al espectáculo. Y hubo un detalle, íntimo y silencioso, que terminó de sellar ese momento: entre las mamás presentes no figuró la suya, por causas de fuerza mayor. Sin embargo, esa ausencia no lo quebró; al contrario, lo sostuvo. El niño Martín se desempeñó con entereza, sin miedo, con una seguridad que sorprendía para su edad y, más aún, descubrió que le gustaba. No lo sabía entonces, ¿cómo habría de saberlo?, pero en ese instante sencillo, casi doméstico, el destino comenzaba a pronunciar su nombre en voz alta.

El tiempo hablará.

Esta Historia continuara.

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