Hace poco, leí algo que decía más o menos así: Todos somos pecadores selectivos: elegimos los pecados con los que nos sentimos confortables y juzgamos a otros por los pecados que nos hacen sentir incómodos. Mientes, pero juzgas al infiel; eres infiel pero juzgas al ladrón; robas pero juzgas al adicto. Todos trazamos nuestra “línea moral” y pretendemos estar del lado correcto; pero todos tenemos cosas que nos permitimos, hábitos que nos justificamos, decisiones y elecciones que tomamos bajo mil pretextos, fallas que interpretamos como “aceptables” solo porque son nuestras.
Pero, al momento en que alguien más osa cruzar nuestros límites o nuestra “línea moral”, de pronto nos convertimos en censores morales, en autoridades de la “decencia”. Señalamos con el dedo los pecados ajenos que nos hacen sentir incomodos, mientras que ignoramos aquellos que nosotros cometemos a diario. Los llamamos “imperdonables” al mismo tiempo que imploramos perdón y piedad para nosotros mismos.
La verdad es que todos estamos parados en el mismo lugar, solo que con diferentes errores, diferentes excusas, distintos puntos ciegos. Por eso, antes de juzgar las decisiones ajenas recuerda…alguien allá afuera está juzgándote a ti de la misma forma despiadadamente dura.


