Martín Sifuentes: la primera herida del periodista

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Tercera Parte. 

Querido lector, si en la entrega anterior asistimos al momento en que la vocación de Martín Sifuentes dejó de ser promesa para asumirse como destino, es en este tramo de su vida donde ese destino comienza a ser puesto a prueba. Porque hay un instante, inevitable en toda historia verdadera, en que el talento se enfrenta a la realidad, y el entusiasmo juvenil descubre que el oficio no solo exige entrega, sino también carácter para sostenerse frente a aquello que lo rebasa.

En el canal 9 se transmitían los partidos de primera división del Tampico-Madero, la emblemática Jaiba Brava. Y fue ahí donde el azar, ese aliado discreto del destino, volvió a intervenir. El narrador principal, Eduardo Galván, enfrentó un problema de salud, y de pronto, el gerente del canal lanzó la pregunta que cambia trayectorias: “¿Sabes de fútbol?”. Martín, con ese desparpajo que solo concede la juventud, respondió que sí. Y bastó. Lo sentaron junto a Jorge Alfredo Villarreal para comentar un partido del Tampico-Madero. Sin ensayo previo, sin red de protección. Solo él, el micrófono, y todo lo que había venido practicando desde niño frente al televisor en silencio.

A partir de ahí, la escena se ensanchó. Cuando el Club América visitaba la plaza, le tocaba compartir palco con figuras consagradas como Enrique Bermúdez, Juan Dosal y Eduardo Trelles. Era 1988, y aquel joven que apenas unos años antes jugaba a narrar partidos en casa, ahora se encontraba hombro a hombro con voces que ya eran referencia nacional. Pero no todo era fútbol. 

En paralelo, como reportero del canal, cubría la fuente informativa, y los domingos alternaba entre la cancha y la noticia. La oportunidad mayor llegó pronto: a los 23 años, en 1986, asumió la conducción del noticiero. Salía al aire con lo que tenía, y con lo que no tenía: sin una colección de sacos ni corbatas, repitiendo el mismo saco cada día como si fuera uniforme. Pero lo esencial no estaba en la ropa, sino en la voz, en la seguridad, en la claridad con la que comunicaba. En ese inter también tuvo la oportunidad de entrevistar a Salvador Barragán Camacho, sumando a su experiencia el trato directo con figuras de peso en la vida pública.

Así, entre micrófonos prestados, cabinas compartidas y oportunidades que supo tomar sin titubeos, Martín fue consolidando no solo una carrera, sino una identidad: la de quien entiende que el oficio no se espera, se ejerce desde el primer instante en que se le da voz.

Nunca se le olvida la mañana del 10 de enero de 1989. Llegó a la redacción del noticiero como cualquier otro día, hasta que alguien soltó la frase que cambia el pulso de una jornada: algo estaba ocurriendo en la casa de Joaquín Hernández Galicia. Salió de inmediato.

Cuando llegó, la escena aún estaba en tránsito: los militares se retiraban, pero habían dejado la casa abierta, expuesta, como si el tiempo no hubiera alcanzado a cerrarla. Sin esperar indicaciones, sin pedir permisos, obedeciendo ese instinto primario del reportero, Martín entró con su camarógrafo. No había autoridad que lo impidiera, no había competencia presente, Televisa aún no llegaba, y entonces hicieron lo que sabían hacer: registrar.

Cámaras encendidas. Tomas dentro de la casa. Imágenes que, en ese instante, eran oro puro. Afuera, en cuestión de minutos, la realidad comenzó a desbordarse: gente, ruido, voces, un maremágnum. Pero ellos ya iban de regreso, casi flotando, con esa mezcla de orgullo y adrenalina que solo produce la primicia. Creían, lo creían de verdad, que tenían en sus manos una exclusiva de alcance mayor, quizá incluso internacional. Que ese día, por un instante, el joven reportero había tocado el centro mismo de la noticia.

Pero el golpe vino al mediodía. Desde la gerencia del canal los llamaron. Les pidieron las imágenes. No para transmitirlas, sino para guardarlas. En su lugar, le entregaron un boletín de la Procuraduría General de la República.

—Esto es lo único que vas a decir, Martín. Solo con esa nota vas a salir.

Y ahí, en ese momento, la ilusión del periodista novato se desinfló como un globo atravesado por la realidad. En el breve lapso entre haber capturado aquellas imágenes en la casa de “La Quina” y haberlas llevado al canal, Martín había imaginado, en lo más íntimo de su fuero, la posibilidad de convertirse en protagonista de una noticia de gran calado. Lo que encontró fue otra cosa, una lección. La constatación de que no siempre quien tiene la imagen tiene la voz. Que la narrativa, en ciertos momentos, no pertenece al periodista, sino al Poder. Que aquel día, ninguna televisora ni ningún periódico podrían contar más allá de lo permitido. Fue su primer desencuentro con la realidad. Se resignó, pero también se decepcionó.

Y quizás, sin saberlo del todo, fue ese golpe el que comenzó a empujarlo, con la fuerza silenciosa de las desilusiones verdaderas, a pensar, a mirar más allá, a buscar otros caminos. Porque hay momentos en la vida en que el oficio no se abandona, pero sí se replantea desde sus cimientos.

Para marzo de 1989, la vida volvió a llamarlo, y esta vez desde la frontera. La invitación vino de quien años atrás le había abierto la puerta al canal 9: Marco Reyna, ya instalado en la Heroica Matamoros, trabajando en Televisa, en aquellas instalaciones de la calle 12 y Laguna del Chairel, en la colonia San Francisco.

Martín no lo dudó. Después de haber vivido toda su vida en Tampico, dio el paso: dejar atrás lo conocido para probar suerte en la frontera. Tenía apenas 25 años, apenas cuatro de casado, y una mezcla inevitable de ilusión, nostalgia y ese leve temblor que provoca lo incierto.

Así, en la madrugada fría del viernes 3 de marzo de 1989, descendió de un autobús en la calle 12 y Abasolo, a las seis en punto de la mañana. Llevaba consigo poco equipaje, pero una pregunta enorme flotando en el aire: ¿a qué vengo? Una pregunta que no exigía respuesta inmediata, porque la vida, sabía ya, suele contestarlas con el paso del tiempo.

Querido y dilecto lector, así, entre la emoción de la primera gran oportunidad y el desencanto de la realidad impuesta, Martín Sifuentes comprendió una de las verdades más hondas del periodismo: no siempre basta con estar en el lugar de los hechos, también hay que aprender a habitar sus silencios. Y fue quizá en ese tránsito, entre la ilusión y la conciencia, donde comenzó a templarse no solo el reportero, sino el hombre.

El tiempo hablará.

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