Hay un viejo adagio popular que advierte sobre el peligro de jalarle los bigotes al tigre, una temeridad que el gobierno mexicano parece haber convertido en su nueva estrategia de política exterior. Al decretar un “candado” de cinco años para reservar toda la información relacionada con Rubén Rocha Moya y los demás señalados por la corte de Manhattan por probables vínculos con el narcotráfico, México no solo ha optado por la opacidad, sino que le ha dado un portazo en la cara al sistema de justicia de nuestro principal socio comercial y poderoso vecino.
Estirar la liga diplomática de esta manera, protegiendo con un manto de misterio burocrático a personajes bajo la lupa del narcotráfico, no es un acto de soberanía; es un juego sumamente peligroso que los mexicanos terminaremos pagando con creces en la relación bilateral.
Si la idea de la Secretaría de Relaciones Exteriores al blindar a Rocha Moya y a Inzunza Cázares es ganar tiempo, porque dentro de cinco años no estarán ni Sheinbaum ni Trump al frente de sus respectivos gobiernos, esdifícil que la autoridad estadounidense acepte así de fácil esa estrategia dilatoria.
Es probable que presionará con su política arancelaria, con las revisiones anuales del T-MEC o, de plano, iniciará (o intensificará) las operaciones de la CIA en territorio nacional sin pedir autorización alguna, con todo y el discurso nacionalista que se emite en cada mañanera desde Palacio Nacional en defensa de una soberanía mal entendida, porque cualquier persona que comete un delito aquí, en Estados Unidos o en otros países debe ser llevada ante la justicia.
Jalarle los bigotes al tigre o ponerse al tú por tú con el poderoso vecino del norte no parece buena idea, pues si volteamos a ver la intención de otros mandatarios de apoyar a México en este conflicto bilateral, no se ve a ninguno dispuesto a atravesarse entre ambos gobernantes.

