Las señales son alarmantes: el futbol agoniza. Su muerte es apresurada y dolorosa.
Pero hay también signos esperanzadores: se desprenderá de su cuerpo para resucitar, inmediatamente después, en una forma renovada y fresca, con más honestidad y una evolución propia de los tiempos de las generaciones Y, Z y lo que le sigue.
El futbol, como lo conocieron los veteranos, dejará de existir pronto, consumido por una implosión de excesos de los dirigentes.
Sospecho que todos estos cambios que desinflan el balón y lo mueven hacia una apresurada decadencia, están asociados con la demanda de satisfacciones instantáneas propias de un público juvenil que encuentra en la hiperconectividad y redes sociales, deleites rápidos y pasajeros. Los ahora niños y jóvenes, nativos digitales, son el público al que la FIFA dirige el espectáculo. Y hacia allá han movido los recursos descontroladamente.
Es normal que los grandes corporativos, como el que monopoliza el balompié desde Zúrich, optimicen su espectáculo. En el caso del futbol la tendencia de los contenidos en streaming ha devorado un negocio tan jugoso como el de los partidos de la liga nacional, los torneos continentales y el Copa del Mundo. Así como los chavos ven películas y series en las plataformas de paga, ya se ven los juegos y los torneos completos mediante cómodos abonos que se saldan desde el mismo dispositivo móvil. Pero ya hay que pagar por ver.
En esta idea de formar paladares nuevos, con chicos que desde pequeños siguen emocionantes transmisiones de futbol, con opciones interactivas que les permiten enviar sus fotografías y comentarios que son transmitidos en vivo, el futbol se ha convertido en un espectáculo más para ver que para experimentar. Lo que era antes la experiencia sensorial es ahora un show de color y luces, útil para estar in y sentirse cool como parte de las modas. Seguir un club de futbol es la onda. Portar un jersey del equipo, una tendencia naca en el pasado, ahora da categoría.
Con esas inercias el futbol se ha aligerado, convirtiéndose en un espectáculo cada vez más hueco.
El pasado Mundial de México, Estados Unidos y Canadá fue el más exitoso de la historia en términos pecuniarios. Nunca se habían reunido 48 equipos en la magna justa internacional. La facturación fue brutal. En términos monetarios hubo un salto descomunal, pero en términos de alcance popular, el retroceso fue grotesco. La gente de a pie, la que ha sostenido históricamente el juego, fue desdeñada groseramente. Pocos pudieron ir a los partidos. Luego se vio una obscena preferencia del Presidente de la FIFA hacia ciertas figuras, favoreciéndolas, incluso con retorcidas interpretaciones reglamentarias. Se perdió la imparcialidad.
Afortunadamente las confederaciones continentales ya sacaron sus armas y han hecho una barricada para defender el balón. Ante la furia opositora, la FIFA ha tenido que retroceder en sus afanes mercantilistas, y el balón rueda libre. Por ahora. Que nadie se engañe: el juego necesita comercializarse. Los grandes patrocinios de las transnacionales continuarán, lo que significa que se llevarán su respectiva tajada del pay. Pero lo deseable es que se le regrese al futbol el alcance masificado, como alguna vez lo tuvo.
El deporte como lo conocimos se está convirtiendo en un espectro que se difumina en la bruma y pronto desaparecerá. Pero resurgirá con otros modos y así presentará un rostro renovado, más bello, seguramente.
Lo interesante será saber cómo mantiene su esencia. Confío, empero, en la fuerza de la pelota y en su energía mística que la ha mantenido girando a lo largo de las épocas. El futbol prevalecerá, mientras llegan y se van los dirigentes que pretenden encarecerla y ponerla en una vitrina, fuera del alcance del hincha.


