Indignación sin palabras

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Muchas veces, -y ustedes lo saben- me he unido a miles de voces que condenan la violencia. He sido parte de lo que se pudiera considerar un “linchamiento virtual” en redes sociales contra quienes han perpetrado actos de crueldad y violencia contra seres vivos, sintientes e indefensos. Me he indignado profundamente y condenado sin recato dichos actos de atrocidad.

Cuando ha sucedido que se da a conocer públicamente algo así, por ejemplo, contra un animal, las redes sociales se saturan y se inundan de consignas que reclaman para que se ejerza un castigo ejemplar sobre el perpetrador. A veces, basta con que alguien haya expressed una simple idea, una intención o un pensamiento que exponga una violencia potencial, para que se haga merecedor de un repudio virtual multitudinario. Muchas veces me he unido a ese repudio. ¿Recuerdan a Pedro Sola de “Ventaneando”? A ese lo hicimos pinole nomás por haber dicho lo que dijo.

He publicado artículos enteros cuestionando el origen de la perversidad de quienes ejercen violencia extrema contra seres inocentes e indefensos. Y muchas veces me han hecho comentarios o me cuestionan sobre si “así como me preocupo por los animales, me preocupo también por las personas”. La respuesta es sí… mucho más que solo preocuparme, me enferma y me agobia no poder encontrar palabras para expresar lo que siento cuando algo así sucede.

Pero creo que no soy la única que se queda muda de indignación y horror. A diferencia de cuando se comete una atrocidad contra un animal y miles lanzamos nuestras consignas en las redes sociales; pasa que hay casos, como el del bebito de un año once meses que murió en el Hospital Universitario a causa de la golpiza brutal que recibió en el municipio de García, presuntamente por parte de su padre, que anda huido… Entonces se hace un silencio sepulcral… No hay condenas, no hay consignas sociales, no se leen las voces de horrorizada indignación… No porque no importe, sino porque importa tanto que no hay palabras suficientes para condenarlo, para maldecirlo.

Un bebé indefenso e inocente molido a golpes dentro de lo que debía ser su hogar, presuntamente a manos de quienes debían darle protección y cariño. No puedo siquiera imaginar la infernal escena y mucho menos entender el grado de cobarde locura, perversidad y criminalidad de quien haya sido capaz de golpear a una criatura una y otra vez hasta desahuciarlo. Este es el horror en su máxima expresión. Ese tipo de horror que, como sociedad nos deja mudos, cuando más debemos alzar la voz por los que aún no tienen voz: un bebé. Un ser humano vulnerable e indefenso.

Hay gran alarma por el repunte de la violencia familiar en el estado, registrándose un incremento de casos que han alcanzado su punto más alto en cuatro años. Algo anda muy mal y cada vez peor.

Yo aquí, suplico e imploro a las autoridades que no descansen hasta encontrar al culpable de este crimen y aseguren que reciba todo ¡pero todo el peso de la ley!… Aunque sinceramente no puedo pensar en un castigo suficiente para algo así. Les ruego a las autoridades no permitan que este caso –como tantos otros– quede impune. Y le pido a todos que, como sociedad, no nos quedemos mudos de indignación.

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Para dar seguimiento a las investigaciones y denuncias de este tipo de delitos, se puede consultar el sitio oficial de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Nuevo León (https://www.fiscalianl.gob.mx/).

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