La muerte y los riesgos deportivos

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Durante aquel año bisiesto del 2004, se jugó en Guatemala el clásico chapín entre el Municipal y el Comunicaciones. Era un día inusual, 29 de febrero, en el Estadio Mateo Flores, cuando, en una jugada fortuita y bastante intrascendente, el delantero de los locales Mario Rodríguez buscó una pelota adelantada ante la salida del arquero de los Rojos, Josué Danny Ortiz, que achicó el ángulo. El choque afuera del área parecía rutinario.

Pero pasó algo demucha gravedad: Ortíz se queda tirado. El Loco Rodríguez le había golpeado con la rodilla izquierda en el pecho. Se requierió el cambio de jugador. Horas después Ortiz fue declarado sin vida en el hospital. El Loco no pisó la cárcel; el hecho fatídico fue considerado un accidente, consecuencia del inevitable contacto en el juego de futbol.

La muerte en la cancha regresa, ahora en la segunda división de España. El ibérico Jesus de Miguel, del Tenerife, acaba de morir como consecuencia de un rodillazo que recibió de parte del portero Jesús Owono, del Andorra. La Policía Nacional abrió la respectiva investigación, pues el deceso no fue natural.

Pero el arquero nacido en Guinea Ecuatorial no pisará la cárcel. No debiera. Más allá de las espéculaciones, el incidente mortal se produjo en una jugada, dentro de un evento deportivo y con balón de por medio. Hubo tarjeta roja del silbante hacia el gurdameta, pero eso no implica que hubo una intencionalidad dolosa. Si acaso, le pueden dar partidos de suspensión por la expulsión.

Hay una antigua tradición para hacer impunibles las muertes en el deporte, particularmente en el balompié. No se ha inventado un intencionómetro, para medir la pretensión maligna de algún futbolista. Además, en este caso la justicia ya se pronunció. El fiscal jefe de Santa Cruz de Tenerife, José Luis Sánchez-Jáuregui, comentó que ve “muy difícil” que se abra un proceso penal por el fallecimiento de De Miguel. Declaró a EFE que hay una doctrina antigua de los tribunales que indica que las lesiones deportivas no son objeto de castigo judicial, a menos que exista una agresión cuando la pelota no está en juego.

El caso ha reabierto el debate sobre las sanciones por los decesos provcados por acciones deportivas. Se puede señalar que el ecuatoguineano actuó con imprudencia, al salir en la media cancha a disputar un balón que pudieron haber buscado, primero, sus defensores; también se le puede alegar exceso de fuerza, al extender la pierna derecha que golpeó al atacante español, y le provocó la lesión del deceso. Lo que pasó fue un riesgo normal del deporte.

Pero a menos que se compruebe que quiso lastimar, Owono no debe ser perseguido judicialmente, ni siquiera por la vía civil como algunas voces proponen. En el deporte pasan accidentes; a veces hasta un lance bien intencionado puede terminar en una lesión. Nada puede prevenir los imprevistos mientras rueda el balón. Un partido es una caja de sorpresas y las combinaciones de una pelota en movimiento son infinitas, para bien o para mal, para cantar un gol, o para maldecir en una falla, o para lamentar situaciones funestas como la que recién ocurre en Tenerife.

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