Argentina, siempre Argentina

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Puedo entender el odio envidioso que una gran parte de la afición del planeta supura de las heridas futboleras que les provoca la soberbia de Argentina.

La impotencia de los damnificados en esta Copa del Mundo, los mueve a buscar razones y excusas para acusarlos de amaños y deshonestidad. Machacan la idea de favoritismo de la FIFA. Habíase visto semejante reconcomía. Ningún señalamiento se sostiene más que en la ardiente imaginación de quien lo grita para demeritar sus logros en el certamen.

Porque lo único verdadero es que Argentina es hoy, y desde hace años, el gran protagonista del futbol en el mundo. Y Lio Messi es la gran figura que domina el balón en el orbe. Ningún futbolista ha tenido un reinado tan prolongado como el rosarino que desde el 2004, cuando debutó en el Barcelona, y por más de 22 años y seis copas del mundo, se mantiene como único e indiscutido soberano del césped.

Pelé tuvo un poco más de una década de reinado, desde que fue campeón en Suecia 58, hasta su punto más alto, en México 70. Maradona también tuvo su gloria entre su primer mundial de España 82 y el último en Estados Unidos 94, un par de lustros. Nada comparado con el Messi crepuscular que, ya avejentado ha dado muestra de lo que es un general. Con 39 años recién cumplidos aún acepta con gallardía y solvencia la proclama de su equipo: Dénsela al 10.

No hay otra opción que ponerse de pie y quitarse el sombrero ante la remontada de Argentina ante Inglaterra en las postrimerías del partido de semifinales. Unos ingleses timoratos, que cerraron el partido en la última media hora, se dieron un disparo en el empeine, ilusionados en contener, una y otra vez, la marejada de delanteros que en sus ligas han demostrado que son asesinos del área. Quién sabe qué ilusoria idea se le pegó al entrenador Tuchel, para suponer que durante ese lapso, una eternidad, iban a poder contener a los rivales, bombardeándoles el Palacio de Buckingham por aire y por tierra.

El pago de los súbditos de la corona fue la eliminación dolorosa con marcador de 2-1. Los ches les arrebataron el pasaporte que ya creían en la cartera. Bien se ha dicho, a lo largo de los años, que en esto de los mundiales nunca hay que dar por vivos a los ingleses, porque, pese a su enorme calidad de jugadores de exportación derramados en el mundo, siempre van a tener una oportunidad para sabotearse, como ocurrió el pasado miércoles.

Y ahí está otra vez Argentina instalado en la final, buscando el bicampeonato universal y carcajeándose del mundo. Porque por más que se muestren teorías de complots y favoritismos hacia Messi y sus seguidores, nadie ha podido contener, a lo largo de los últimos años, su poder magnífico para dar el último golpe en el momento decisivo. Los hijos de Santa Evita no se rinden jamás. Confían demasiado en su talento y aunque son unos bocones fuera de la cancha, dentro de ella se despojan de cualquier complejo de superioridad y hacen la tarea con galanura para obtener el objetivo.

Y así ha sido siempre.

Quién sabe si mantengan la hegemonía cuando cuelgue los botines el 10.

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