¿Cuál es nuestra realidad?

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Sigo creyendo que lo más valioso de lo que vivimos durante el Mundial del 2026 es la comunión, la motivación, la inspiración que generó entre la gente la Selección Mexicana.

El problema es que esa comunión no se produjo sobre bases reales, sino a través un exagerado festejo respecto a los resultados del equipo. Se sobrevaloró la actuación con fines comerciales. De alguna manera fue algo artificial.

¿Cómo reproducir ese efecto social más seguido, pero con bases reales? 

La noche del 24 de junio tras finalizar el partido Corea del Sur vs Sudáfrica, me encontré a Roberto Flores, reportero y comentarista de Multimedios, al bajar del palco rumbo a la sala de prensa, en el Estadio Monterrey.

Al mismo tiempo, la Selección Mexicana acababa de vencer 3-0 a República Checa, en el Estadio Ciudad de México, para concretar una histórica actuación de ganar sus tres partidos en la frase de grupos sin recibir gol.

En el camino coincidimos en algo: se estaba exagerando la actuación de la Selección Mexicana, quizá por lo que comercialmente representa el Tri como producto, porque realmente los rivales habían sido muy a modo.

Y además se había olvidado cómo Sudáfrica les pudo sacar el partido jugando con dos hombres menos y que para vencer a Corea tuvo que venir el gol a través de un grave error del portero rival, sin contar la gran atajada del “Tala” Rangel en la casi última jugada del partido.

Con el realismo que le caracteriza, Roberto remató la plática este comentario, palabras más, palabras menos: “Luego, como siempre, los van eliminar y la gente se va a desilusionar”. Y así sucedió.

El problema de crear una atmosfera de éxito artificial en torno al producto llamado Selección Mexicana es que después viene la decepción, una especie de cruda, y la gente empieza a irse al extremo de creer que esa es nuestra realidad, que hasta ahí solamente podemos llegar y que estamos destinados a nunca dar un salto de calidad ni en el futbol ni en otras áreas de nuestra sociedad.

Sigo creyendo que lo más valioso de lo que vivimos durante el Mundial es el efecto social entre la afición, y sigo creyendo que el revés ante Inglaterra no tiene hacer que dejemos de creer en un futuro mejor, porque la realidad es que ante Inglaterra se pudo haber ganado.

Y si no se consiguió ganar fue por errores humanos, y no porque tengamos ya escrito un destino que no podemos cambiar.

Algo de esto escribí en una columna pasada y no faltó quién me comentara que si México siempre se queda en la misma fase es porque ese es nuestro nivel, y que debemos resignarnos a que nunca veremos ver triunfar a nuestra Selección en las Copas del Mundo.

Pienso diferente. Soy de la generación de niños que vieron cómo en el Mundial de Argentina 78 al Tri le atribuían el mote de los “Ratones Verdes”, y que nunca se imaginó que algún día México sería subcampeón de la Copa América, campeón de la Copa Confederaciones, dos veces campeón del Mundial Sub 17, medallista de Oro en Juegos Olímpicos, que vería al Pachuca campeón de la Copa Sudamericana y a los Tigres subcampeones del Mundial de Clubes.

Raúl Ruiz, ex compañero en El Norte, comentó que si ya había intentado con técnicos de todos los colores y sabores y siempre el resultado era el mismo, era porque ese es nuestro nivel.

Creo que lo que no se ha terminado de cambiar son las estructuras y la cultura de toma de decisiones administrativas y directivas, eso es lo que fundamentalmente permanece desde la época de los “ratones verdes” y que por inercia nos arrastra una y otra vez a aquella época, sin podernos separar de ella de una vez por todas.

Ojalá a nuestra generación le alcance el tiempo para ver ese cambio. Empecemos por fomentar un verdadero fenómeno social en torno a nuestra Selección Mexicana de manera realista, porque la realidad es el mejor punto de partida para comenzar los verdaderos cambios.

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