El árbitro inglés Ken Aston inventó las tarjetas de penalización. Basado en los colores del semáforo, determinó que la amarilla era preventiva y la roja de expulsión.
Qué estupor generó en el graderío la aparición de los primeros tarjetones en el partido. Antes solo se le reconvenía de palabra a los jugadores y se le echaba del campo verbalmente si su conducta era execrable, pero había confusión por el idioma cuando había contiendas entre naciones. Desde el Mundial de México 70 se muestran las tarjetas que se convirtieron en un código visual de entendimiento universal, y han sido tan exitosas que permanecen inalteradas, casi seis décadas después.
Los puristas del futbol se horrorizan por los cambios que hay en la actualidad por reglamentos y prácticas, que hacen cada vez más distante el futbol de sus orígenes.
Pero deben aceptar que aunque los partidos ya no se parecen a los que se practicaban en el Mundial de 1958, son mucho mejores y más fluidos. A veces es necesario sacrificar algo de tradición para que la maquinaria funcione con mayor agilidad.
Hubo un tiempo que el jugador podía regresarle la pelota con el pie al portero, y este podía botarla y rodarla hasta tres veces, antes de despejar. En estas maniobras exasperantes se podían consumir de dos a tres larguísimos minutos. Hasta que la Junta de la Asociación Internacional de Futbol, la instancia de la FIFA que vela por los reglamentos de la pelota, en 1992 hizo los respectivos cambios reglamentarios para optimizar el cronómetro.
Gracias a esa transformación estatutaria ya vemos que sólo se le puede regresar la pelota al arquero con la cabeza o el pecho, no con las extremidades.
Estas simples modificaciones ejemplares han hecho que el juego se vea cada vez más dinámico. Se ha deformado, por supuesto, pero para mejor, y de manera inevitable. En la depuración se moderniza el balompié, y se mejora la experiencia del aficionado, aunque el romántico diga que el VAR es un invento del demonio y que el juez central, con su soberano albedrío, debe mantener la autoridad imperfectamente humana, aunque se lleve de encuentro al mundo entero.
La historia sería diferente si en el Mundial de Inglaterra 66 hubiera existido asistente de video, para anular el gol con el que Geoff Hurst marcó en la final en tiempos extras, y que le dio la ventaja definitiva a los anfitriones. La pelota campaneó en el travesaño y picó fuera, pero ni el silbante, el suizo Gottfried Dienst, ni su asistente azerbaiyano Tofiq Bahramov se dieron por aludidos y dieron por buena la diana. El imperio británico se llevó la Copa, aplastando a los panzers alemanes, que tuvieron que tragarse un maldito gol fantasma, que aún hoy se recuerda como una infamia gigantesca de los mundiales.
Los estudios más serios ordenados por el máximo organismo rector señalan que las revisiones en el monitor han corregido el 80% de los errores arbitrales claros. Y en un 95% se corrige lo que el réferi va a ver al monitor.
La tecnología no solo sirve para mejorar los viajes espaciales o inventar nuevas vacunas. También ha ayudado en todos los deportes y, bien aplicada, los ha hecho cada vez más disfrutables. Acá en la cancha de césped contribuye decididamente a eliminar injusticias que antes eran máculas flagrantes.
Y los cambios continuarán, pese a la protesta de los desvelados que todavía piensan en porteros con suéteres de cuello de tortuga y rodilleras, árbitros vestidos de negro y aguadores que llevan tinas con un vaso de latón, para refrescar en la línea a los jugadores. Para consultar reglamentos y normativas oficiales del balompié mundial, se puede ingresar al sitio oficial de la FIFA (https://www.fifa.com/).
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