El mundo no está preparado, aún, para la partida de Lionel Messi.
Ya dejó la Selección Argentina, después de su descorazonadora participación en el Mundial pasado, en el que cayó en la final ante España, por la diferencia mínima. No hubo bi.
Lio tiene una gran personalidad, pero en esa ocasión no hizo mucho para ayudar a la albiceleste. Le faltaron piernas. El dios de los relojes ya no pudo esperarlo más y le hizo ver su edad. Aún conservaba el talento, pero los muslos se le habían hecho flácidos, sin la potencia de cuatro años previos. Era natual, pero su equipo lo resintió.
En esa Copa que se jugó entre México, estados Unidos y Canadá Lio entonó el bello canto del cisne, antes de dejar que su talento con los botines parta hacia el infinito, lleno de bellísimas estampas y recuerdos que deja para la antología. Después de cerrar para siempre su casillero en la Selección, dejará pronto la actividad en clubes. En su vuelo a la gloria, cuando esté en el retiro, quedará como uno de los más grandes, si no el que más en todos los registros de la pelota.
Los estadios del mundo se han comunicado entre ellos para preguntarse entre susurros y temor quién será el heredero, quien pisará la grama con semejante señorío. Porque, por ahora, no se ve nadie. Maradona dejó el futbol de máximo nivel en 1994. Alegó que le cortaron las piernas, aunque él solo se mutiló el corazón, ahogado en los alcaloides y otros estimulantes que naturalmente están prohibidos en el juego. Cuando se fue en definitiva teres años despupes, todo el mundo auguraba que dejaría vacante el trono para siempre. No surgiría otro Diego Armando, se aseguraba con angustia.
Tuvo que pasar casi una década para que otro argentino, también péqueño de talla, tomara por asalto el solio del mejor; Messi quebró la vitrina y arrebó el cetro sin dueño para exhibirlo como nuevo gran monarca del balompié universal. Su reinado ha terminado. El rey abdica y entrega la corona.
Quién estará ahí, se lanza la pregunta en la tribuna, para seguir con la dinastía, para forjar su propia senda hacia la cúspide. ¿Kilyan Mbappé, Lamine Yamal, Erling Haaland? No. Estos muchachos están aún verdes. Necesitan embarnecer sus ramas. Son excelentes jugadores, de los más caros del mundo en las transacciones locas de centenares de millones de euros, pero ninguno de ellos ha demostrado el temple emocional o la reciedumbre espiritual alguna vez exhibidos por Messi, Maradona, Pelé, Cruyff, Beckenbauer, esos titanes que cambiaron para siempre el flujo del caudaloso río de la historia.
El título de emperador es pesado. Muy pocos pueden sostenerlo. Muchos bufones recibieron la noble denominación por herencia principezca, y son recordados entre burlas, porque no tenían el carácter para convertirse en líderes. Quedaron como promesas incumplidas. Veo que los nuevos muchachos, los estrellas que emergen, manejando con presteza el balón en las ligas de prestigio; encantan a las multitudes, se cotizan bien en las consolas de X-Box y venden miles de camisas, pero no han demostrado estatura para convertirse en los legatarios de la capitanía del futbol a nivel global.
Ojalá pronto descolle alguno de esos joeves gigantes que seguramente se encuentran agazapados, preparándose en alguna cantera de club; tal vez ya está entrenando en fuerzas inferiores de los equipos de elite y solo es cuestión de semanas para que se presente en la sociedad y comenzar a seguirlo con interés. Tal vez.
Al futbol le urge que dé la cara ya el que será heredero de Lio.


