Opinión nada popular: cuando se trata de deportes, muy pocos mexicanos se salvan de caer en la casilla de villamelones.
Puedo entenderlo, a todos nos gustan los ganadores; nadie va a echarle porras a un equipo o a una persona que no gana.
Es como dicen: la victoria tiene muchos padres y el fracaso siempre es huérfano (o algo así).
Algo que engloba a la perfección esta idea es Sergio “Checo” Pérez, el piloto mexicano que, aunque no lo crean, compite en la Fórmula 1.
Y antes que cualquier otra cosa, entiendo que ser parte de esta categoría no es enchílame otra; solo 22 humanos en este planeta tienen, en la actualidad, el privilegio de llamarse a sí mismos pilotos de la Fórmula 1.
Entrar a esta élite es complicadísimo; se tiene que pasar por pruebas y sacrificios que, en ocasiones, rayan en lo sobrehumano.
Quizá por ello me da más pena el caso del mexicano, quien hace apenas unos meses tenía más seguidores y fanáticos que la cerveza gratis.
¿Cómo olvidar que hace poco no podías cruzar la calle sin toparte con alguien portando la playera, la gorra o la chamarra de Red Bull… que no eran nada baratas, por cierto?
¿Cómo olvidar que hace unos meses no podías levantar una piedra sin encontrarte a verdaderos expertos en automovilismo, quienes presumían levantarse en la madrugada de cada fin de semana para no perderse el Gran Premio que tocaba en el calendario?
Todos teníamos un amigo, compadre o compañero de trabajo que, con una seguridad envidiable, nos hablaba de rebases, poles positions, undercuts y DRS, y que empeñó su hígado para pagar hasta 45 mil pesos por un boleto de entrada al Gran Premio de México.
Este furor se explicaba porque el mexicano estaba en la escudería que, al final, contaba con el piloto que ganaba el título de pilotos un año sí y el otro también.
Pero, ¡oh sorpresa!, Red Bull se aburrió de Pérez y lo mandó al desempleo.
No fue hasta que Cadillac decidió contratarlo que el mexicano regresó a la Fórmula 1 y, con ello, surgió un incipiente furor por la novel escudería, con algunos compatriotas tirando a la basura su gorra azul y naranja para abrazar la negra y dorada.
Tristemente, Cadillac y Pérez han tenido un muy mal año y, si terminan una carrera, ya se pueden sentir ganadores.
Esto ha golpeado severamente al furor del automovilismo en México. ¿O acaso alguien puede negar que son significativamente pocas las playeras o gorras Tommy Hilfiger con el logotipo de la escudería norteamericana que se pueden ver en la calle?
Es lamentable decirlo, pero “la checomanía” no resultó ser tan fuerte como se esperaba.
Hoy los expertos del automovilismo apuntan a otros deportes donde el mexicano sí gana competencias.
Así es la vida, amiguitos: a nadie le gusta un perdedor.

