Detesto la lluvia.
No es porque se haga la vida más lenta, y la interacción social más difícil.
Pasa que cuando llueve no se puede jugar futbol y eso me pone de mal humor. Ni siquiera puedo patear la pelota en el patio de casa, porque mamá se enferma si meto los tenis mojados a la cocina, ni que decir si piso la alfombra con algo de fango.
Tenía programado el partido para este sábado, pero amaneció un aguacero de esos que parecen llanto desolado de las nubes. Desde la madrugada que me levanté para ir al baño, escuché el ruido sordo del diluvio y me asomé por la ventana para comprobarlo. Mi corazón se estrujó. Era como si hubiera una regadera enorme sobre mi casa y alguien hubiera olvidado cerrarla.
Pensé con reducida esperanza que dejaría de llover, tal vez, a la siguiente media hora, y que a la primera hora de la mañana el Sol bañaría con intensidad la cancha de la Ciudad de los Niños, que el suelo se secaría mágicamente y que, pum, podríamos jugar. Pero en el fondo de mi pecho, la verdad latía con fuerza abrumándome. Una cancha no se seca de un día para otro. Qué va, si dura varios días el terreno fangoso, hasta que puede ser recorrible otra vez.
Me dormí acongojado y desperté peor, porque por la ventana, antes de verla lluvia, no pude ver el Sol. El cielo estaba encapotado y el aguacero había cesado, pero yo sabía que no habría juego.
Eran las 8 de la mañana y el partido estaba programado para las 10. Desayuné en silencio con la camisa ya puesta, y a las 9 fui a la esquina de la casa, a juntarme con el resto del equipo. Había desolación total entre las filas. Todos se sentían igual de deprimidos, porque no jugar significa no sacar las ganas que tenemos de perseguir la redonda y, luego, de hablar de las incidencias por el resto del día. El partido era nuestro premio de fin de semana, después de la prolongada tiranía de la escuela. Adorábamos tanto el futbol que después del juego armábamos una cáscara entre nosotros en la calle del barrio, para seguir alimentando el vicio de la pelota. No se cansa uno de acariciar con el botín a la señora esférica.
No hubo ausencias en el equipo, pese a la lluvia. El entrenador viendo nuestras caras de aflicción nos pidió levantar los ánimos, y nos indicó que iríamos a la cancha, por lo menos a reconocerla. Nos animamos un poco, al saber que estaríamos en el territorio anhelado. Y sí, andubimos en procesión temerosa y constatamos que el rectángulo de los sueños estaba insufrible. Había charcos en todos lados. Los muchachos del otro equipo también habían llegado y se veían sin ánimo, como si estuviéramos viéndonos en un espejo de desdicha.
Intercambiamos miradas de solidaridad, porque se nos escapaba la gloria de ese sábado. Debíamos aceptarlo: no había chanza de jugar. El árbitro ni siquiera llegó, élsabía que no podía rodar la pelota, por lo que seguramente se quedó acostado en su cama. Tampoco había forma de jugar un amistoso, ni de meternois al acancha porque los botines se enlodaban de inmediato. En otras canchas había una desolación similar con chicos que deambulaban como fantasmas de una coinflagración atómica.
Nos despedimos de la cancha y emprendimos el camino de regreso. Pensaba que no llueve para siempre y que el siguiente sábado, seguro, habría una linda mañana luminosa y podríamos saltar a la cancha a cumplir con nuestro deber más importante en la vida: jugar futbol.

