Tanto a los taurinos como a los anti-taurinos les digo: la fiesta brava en México no morirá de una certera estocada. Tendrá una muerte lenta y sin amorcillarse; como un toro herido mortalmente: Que, antes de caer, hace esfuerzos para mantenerse en pie, abriéndose de patas o buscando apoyo en las tablas. Así…en agonía…pero buscando vivir a cualquier costo, desesperadamente.
La fiesta brava morirá cuando la gente de las nuevas generaciones pueda sentirse “mataor”, viviendo una corrida virtual en un videojuego, cuando la ganadería brava deje de ser negocio, cuando el cambio cultural paulatinamente suceda. Cuando mueran los viejos y no lleguen los jóvenes influencers a promover la afición para suplirla de otro modo.
La fiesta brava no terminará como el torero que recoge sus intestinos del suelo, tampoco será denostada con abucheos de villa melones, pero ciertamente, podrá salir en los hombros de la historia, como un recuerdo de lo que para muchos, en algún tiempo, significó la gloria. Y quizás descanse junto con Cantinflas y la Félix, junto con Goya, Picasso, Dalí, Ortega y Gasset, Neruda, Góngora, Ruben Darío y Velázquez, junto con Paquirri y Manolete y tantos, tantos más que ya no están…porque nada ni nadie es eterno. Tampoco son eternos los anti-taurinos (de origen o conversos) como Pedro Almodóvar, Juan Echanove, Mercedes Milá, Juan Diego, Jesús Vázquez, Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Ramoncín, Antonio Banderas, Ángels Barceló, Almudena Grandes, Iñaki Gabilondo, Jaime Urrutia, Concha Velasco, Miquel Barceló, Miguel Bosé, Baltasar, Juan Echanove, Boris Izaguirre, Víctor Manuel…
Hoy, en el gran ruedo de la diatriba cultural, resuena el pasodoble…se emocionan y se encienden los que saben y los que no, aunque por ahora no se haya definido quien es quien.
Y el coso se convertirá en otra cosa…la muerte llega lenta y sin prisa haciendo de su entrada un espectáculo porque toda fiesta llega a su fin. Y quedarán los libros, las memorias, las anécdotas, las tertulias de charlas taurinas en los anales de la historia que tiene la costumbre de inmortalizar al pasado.
La fiesta brava no morirá tras el capoteo y los puyazos ecologistas, ambientalistas o animalistas…ni se indultará por la tradición, la cultura o el arte. El fin le llegará simplemente como a todos: a su debido tiempo. Pero llegará, porque es inevitable. Hasta que el tiempo descabelle a la fiesta brava, ahogada en su pasión, jadeando, con sus ojos negros desorbitados, tambaleandose y escupiendo sangre… por la misma razón y como lo hace con todos y con los toros…por piedad.

