Algunos autores clásicos afirman que uno se convierte en aquellas personas a las que admira; y hoy con lo reducido que está nuestro planeta gracias a las redes sociales entendemos aquel concepto de Marshall McLuhan de la aldea global y gracias a ello podemos asomarnos a las vidas de las grandes personalidades como si fueran nuestros vecinos.
En esa línea de pensamiento debo reconocer que mi admiración por el escritor español Arturo Pérez-Reverte me atrapa y me influye por su propensión a promover la inteligencia fina y constructiva al aconsejar a su audiencia: “Acercarte a las personas que te hagan más lúcido y más sabio”. Amén de que sugiere la humildad profesional en todo momento que se de el trato con la gente. Esa humildad es útil para nosotros y cae bien a tus interlocutores.
Una columna siempre será insuficiente para abordar la biografía de este prolífico escritor y extraordinario periodista a quien Humberto Eco lo compara con Alejandro Dumas. Cualquier tema que se aborde con él es una catedra de vida, para muestra un botón.
Respecto al carisma dice que depende de la gente que lo percibe y tiene que ver cuando detectamos en otras personas que acercarnos a ellas nos hace mejores, nuestra esencia mejora, nos nutrimos de lo que esa persona irradia que puede ser carisma de bondad, carisma de inteligencia, de agudeza, es el deseo de impregnarnos de aquello que emana o que posee una persona. Es alguien con quien quieres estar aunque sea callado para ver como asume cosas como el dolor, la soledad, la muerte, el horror, la tristeza.
Cuando se tiene esa curiosidad y capacidad de ser un cazador que va buscando gente con la que nos pase esto, el atractivo del carisma, y ya que la encuentras no quieres que se vaya. Te invito un vino con queso o te regalo un libro. Es como cuando ves a una mujer hermosa y le dices: “No te vayas”, “No desaparezcas de mi vida”, “Dime algo o sonreía para quedarme con eso en la cabeza” Eso es el carisma.
El escritor Pérez-Reverte se cataloga a sí mismo como un tipo que no es enamoradizo con las mujeres y que aunque es vehemente en cuanto a maneras y en su léxico y narrativa no es un tipo a quien las pasiones carnales, sexuales o románticas lo hayan zarandeado especialmente. Curiosamente el amor en su vida nunca ha sido algo que interfiriese de una manera especial en su vida y remata el punto afirmando que habría vivido lo mismo sin amor.
Sin embargo no niega que el amor hace mejor la vida y también hace que tenga sentido, igualmente da unas ilusiones y unos impulsos que hace mejor a las personas cuando están enamoradas. Acepta que hubo mujeres en su vida, él le llama interferencias existenciales y no tiene empacho en declarar que los amores a las mujeres que hubo en su vida le hicieron progresar y comprender cosas que no hubiera comprendido sin ellas y vaya que remata con una genial expresión de escritor en este tema al decir que no hay mejor lección ni mejor libro que una mujer inteligente, oportunamente puntual con el adjetivo calificativo para ellas. Concluye que el amor nunca lo perturbo de una manera especial el ritmo de su vida normal.
En ese punto dice que ser enamoradizo no es malo pero que si esa esencia o característica termina por perturbarte, te quita el sueño, las ganas de trabajar o te altera la vida normal eso sí que es un problema grave y para no caer en esta maraña existencial aconseja que es necesario saber qué es lo que se quiere antes de moverse, tener una cierta frialdad de análisis frente a las posibilidades, ver la situación e incluso detectar si hay mensajes de la contraparte y de esa manera se ahorran los ridículos, las decepciones y los resbalones.
En una charla que se tornó muy amena aclara que la línea divisoria entre seducción y enamoramiento es muy tenue pues todo esto es un conjunto de cosas complejas que depende de cada persona y a veces la solución ya es enamoramiento; pero había que definir ¿Qué es enamorarse? ¿Querer vivir toda la vida junto a esa persona? ¿Ser feliz junto a ella? ¿Vivir un momento maravilloso? Piensa que en ese sentido no hay una norma que defina una cosa u otra.
Querido y dilecto lector, podemos diferir de los planteamientos de Pérez-Reverte, sobre todo cuando utiliza su lenguaje soezmente español, pero escucharlo o leerlo con esa magia que desborda el dominio del idioma castellano es una majestuosidad que no podemos perder.
El tiempo hablará.


