Cambio de régimen

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El sexenio de López Obrador se acerca a su final, pero aún es temprano para hacer un balance de resultados. Sin embargo, ha quedado claro que éste es un gobierno diferente en muchos aspectos, pero hay uno en particular que me gustaría comentar hoy: la insistencia en transformar el país y el gobierno por las buenas o por las malas. Las estrategias han sido básicamente controlar lo que se pueda, destruir lo que no se pueda controlar y desprestigiar lo que no se pueda destruir para restarle legitimidad. Y para lograrlo se vale todo, legal o ilegal.

Me parece que el presidente y su círculo más cercano sustentan y justifican su accionar en la idea del cambio de régimen. Creo que se ha discutido muy poco esta idea entre comentaristas y opinadores. Sirve al mismo propósito que sirvió la del “fraude patriótico” al antiguo PRI. En aquel caso, los que se consideraban herederos universales de la Revolución Mexicana justificaban su actuar en la idea de que estaban salvando a la Patria de las amenazas internas y externas; lo mismo se robaban las elecciones, que mataban guerrilleros. Para ejemplificar podemos recurrir a la frase de Díaz Ordaz cuando, ya en el exilio dorado de España, un reportero se refiere al 68 como “un hecho que ensombreció la historia” de México. El expresidente afirma entonces estar muy orgulloso de su actuar en esos días y remata: “… y si no ha sido por eso, usted no habría tenido la oportunidad, muchachito, de estar aquí preguntándome”.

El cambio de régimen y el título “Cuarta Transformación” que dan a su gobierno los obradoristas, equiparándola con la Independencia, Reforma y Revolución -todos cambios violentos en que una facción destruyó militarmente a la otra- justifica sus acciones. Ellos fueron ganadores por abrumadora mayoría, nunca vista desde que tenemos elecciones libres al obtener 53% de los votos emitidos. En la visión de este gobierno eso les autoriza a cambiarlo todo, como ya dijimos más arriba, por la buena o por la mala., porque los demás están “moralmente derrotados”.

Todos los gobiernos quieren hacer los cambios que consideran necesarios y para lograrlo siguen las reglas de la convivencia democrática: respetar la ley. Aún en los casos en que se acuse de actos de corrupción para conseguir los votos para una reforma, como fue el caso de las reformas de Peña Nieto, se siguen los procedimientos establecidos y se respetan los contrapesos. Esos gobiernos entienden que son temporales, que forman parte de algo más grande: el Estado; y que, si hoy están en el poder, mañana estarán en la oposición. Es el juego democrático que hemos adoptado desde que se le dio existencia al INE/IFE.

Pues este gobierno no actúa así; ellos se visualizan como un gobierno permanente, sin alternancias; un cambio de régimen, pues. La justificación se la dio el pueblo en las urnas. El PRI llegó al gobierno por la armas y MORENA por los votos; poco importa que sus 30 millones de votos son apenas el 33.7% de los electores registrados el día de la elección.

Este marco conceptual explica que, ante la imposibilidad de modificar la Constitución porque no cuenta con los votos suficientes, el presidente pasa leyes que la violan, como la Ley de la Industria Eléctrica; lo que abre la puerta a que se soliciten y otorguen incontables amparos que obligan a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) a declarar tales leyes como inconstitucionales. La respuesta del presidente: desprestigiarlos, reducirles drásticamente el presupuesto, robarles los fideicomisos, etcétera.

Otro ejemplo: Hay que nombrar a los miembros que faltan en el INAI, que es un organismo que garantiza el acceso a la información del gobierno, entre otras cosas. El presidente no lo ha podido conquistar, entonces lo hace inviable al no tener el quorum para sesionar. Otra vez, la SCJN tiene que intervenir para que el organismo pueda operar.

El espacio disponible no da para seguir dando ejemplos, pero la idea es la misma: el gobierno de López Obrador se equipara a los cambios de régimen del pasado que se dieron por la violencia de las armas, mediante la destrucción de los adversarios. Por eso su frase favorita es “no me vengan con que la ley es la ley”; lo que nos está diciendo es: La ley soy yo. No hay límites legales a la Cuarta Transformación. ¿Es eso lo que decidimos en 2018?

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