Christian Martinoli: Lecciones de un periodista en el Mundial

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Querido lector, hablando con mi amigo Abel, otro que es casi mi hermano, comentábamos que las políticas de transmisión, reproducción de imágenes y opiniones relacionadas con la Copa Mundial de Futbol suelen ser bastante estrictas.

 Tan estrictas, de hecho, que uno termina descubriendo que a veces es más interesante hablar de las cosas que gravitan alrededor del Mundial que del Mundial mismo.

Porque el futbol, como los grandes fenómenos humanos, genera una órbita propia. Alrededor de él giran artistas, periodistas, políticos, empresarios, celebridades, patrocinadores y millones de espectadores que convierten un partido en algo mucho más grande que veintidós personas persiguiendo un balón. Confieso que durante varios minutos dudé sobre qué tema abordar. 

Pude escribir sobre el simpático debate que apareció en redes sociales entre quienes celebraban la presencia de Shakira y quienes defendían la participación del cantante nigeriano Burna Boy. También pude detenerme en la voz fascinante de Andrea Bocelli, capaz de llenar cualquier estadio con una solemnidad casi religiosa.

O incluso en la sorprendente interpretación de la cantante surcoreana EJAE, cuya potencia vocal dejó boquiabiertos a muchos que jamás habían escuchado su nombre.

Todos eran temas interesantes. Pero al final decidí detenerme en algo que me compete más directamente: el periodismo. La escena fue sencilla, Christian Martinoli llegaba al Estadio Azteca y, en algún momento, comentó con su estilo habitual: “Nuestro ingreso, para ser prensa, no estuvo mal.” La frase duró apenas unos segundos, pero me retumbo.  Sin embargo, me hizo pensar durante varios minutos. Porque detrás de esa observación aparentemente trivial existe toda una lección sobre el oficio periodístico. 

Quien nunca ha ejercido esta profesión podría interpretar la frase como una muestra de vanidad. Después de todo, Martinoli es probablemente la voz más reconocible de la narración futbolística mexicana. Podría suponerse que estaba presumiendo algún privilegio, pero yo escuché algo distinto. Escuché a un periodista consciente de su lugar dentro del espectáculo y no dentro del partido, tampoco dentro de la organización, ni dentro del poder, más bien dentro de la prensa. Y esa diferencia es enorme.

En la universidad aprendí que existe una vieja paradoja de dos vías en nuestro oficio. La primera es, no seas parte de la noticia y la segunda es que los periodistas solemos estar muy cerca de las personas que generan la noticia, pero no formamos parte de ellas. Entramos a lugares donde el público no entra. Escuchamos conversaciones que otros no escuchan. Observamos momentos que la mayoría nunca verá.

Pero estamos ahí por una razón muy específica. Para contarlo. No para convertirnos en parte del relato, nunca. Por eso me llamó la atención aquella expresión aparentemente casual, “Para ser prensa.” Es una frase cargada de significado para mí.  Porque revela la conciencia de alguien que entiende que el periodista no es la estrella del espectáculo. El periodista es el observador. Y cuando un periodista olvida eso, comienza a ocurrir algo peligroso. Empieza a creer que él es la noticia.

 Empieza a enamorarse del acceso, de las acreditaciones, de los palcos, de las fotografías, de la cercanía con los generadores de noticias.

Y poco a poco deja de interesarle la historia para interesarle el escenario. He visto ese fenómeno muchas veces aquí en Matamoros.  El periodista llega para cubrir al poderoso y termina sintiéndose poderoso. Llega para observar el espectáculo y termina creyéndose parte del espectáculo. Llega para narrar la historia y acaba convertido en personaje secundario de ella. Por eso ayer la frase de Martinoli me pareció tan reveladora.

No sonó a soberbia, sonó a seguridad y la diferencia entre ambas cosas es enorme. La soberbia exige privilegios. La seguridad simplemente reconoce el valor propio sin necesidad de anunciarlo. A mis hijos les digo, minimalismo afectivo. Un periodista no debe sentirse inferior ante nadie, pero tampoco superior, es suficiente con sentirse independiente.

Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que puede dejar un Mundial a quienes nos dedicamos a contar historias. Los estadios cambiarán. Los campeones cambiarán. Los patrocinadores cambiarán. Sobre todo, los gobiernos cambiarán. Pero la misión del periodista sigue siendo exactamente la misma que hace cien años. Entrar. Observar. Comprender. Y regresar para contarle al público lo que vio. Ni más, ni menos.

Querido y dilecto lector, al final, el mejor asiento de un periodista no es el que está más cerca del campo. Es el que le permite conservar intacta la distancia necesaria para seguir viendo la realidad con claridad.

El tiempo hablará.

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