¡Aguas con la democracia!

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Platón no se llamaba así, ese era solo su apodo. Este filósofo griego a través del cual sabemos de Sócrates, se llamaba en realidad Aristocles. Le apodaron Platón debido a su robusta complexión física, sus hombros o su espalda ancha. Era un tipo “grandote” y muy sabio que fundó la Academia de Atenas. Fue maestro de Aristóteles y por eso es considerado uno de los tres grandes padres de la filosofía griega. Como sabemos, Sócrates nunca escribió nada, y prácticamente todo lo que conocemos de la filosofía Socrática se lo debemos principalmente a Platón.

Con toda su sabiduría, Platón fue uno de los críticos más severos de la democracia. En su obra La República, argumentaba que este sistema permitía que personas sin educación ni virtud política tomaran decisiones importantes. Aunque el sistema democrático se le atribuye a los griegos, ni Sócrates ni Platón ni Aristóteles pensaron que era un buen sistema. Al contrario.

Aristóteles, por ejemplo, veía la democracia “no como el modelo ideal, sino como la forma corrupta o degenerada del gobierno de muchos. La veía como el gobierno de los pobres y de los ignorantes en beneficio propio, en lugar de buscar el bien común.” Por su parte Sócrates veía a la democracia como una práctica perniciosa en que la mayoría de la población carecía de la preparación adecuada, lo que dejaba el voto a merced de la ignorancia y la retórica…siguiendo a un burro carismático.que solo quiere su zanahoria.

Muchos siglos después, el teólogo Alcuino de York – a quien por cierto se le atribuye la frase “Vox populi, vox Dei”…también advirtió sobre los riesgos de la democracia diciendo que “no debe escucharse a los que suelen decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, dado que la locura de la multitud siempre está muy cerca de la irracionalidad”.

Si bien es cierto que “la unión hace la fuerza”, las masas rara vez actúan de manera racional, por lo tanto esa “fuerza”, bien puede ser simplemente fuerza bruta, pasión ciega e intensión manipulada con singular enjundia por líderes populares, dicharacheros y carismáticos, demagógicos y engañosos con extraordinaria habilidad retórica, hambre de poder y en función de sus intereses personales.

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Al pasar de los siglos, hemos glorificado a la democracia. Pero por alguna razón bien sustentada, a los grandes sabios no acababa de convencerlos como un sistema óptimo para instituir gobiernos responsables y eficientes; porque no llegan al poder los más aptos ni los más capaces, sino los más populares y carismáticos, que no siempre (o casi nunca) son los mejores, ni los más éticos, ni los más inteligentes para asumir un cargo público. Así hemos visto llegar a muchos que conducen a sus pueblos a las peores catástrofes.

¿Entonces qué? La verdad es que no existe un consenso global sobre una “mejor” alternativa a la democracia, ya que cualquier sustituto implica profundos debates sobre libertad, eficiencia y control del poder. Nadie quiere gobiernos dictatoriales, autoritarios, absolutistas, tecnócratas o meramente epistócratas….En comparación con otros modelos, la democracia no nos parecerá tan mala. Pero ¡Aguas con la democracia!

Quizás solo nos queda educar a las masas, fomentar el pensamiento crítico, alentar el voto razonado, asegurarnos de conservar-como pueblo- el poder de poner o quitar a gobernantes fallidos en lugar de convertirnos en meros súbditos luego de la elección democrática, porque después de una elección democrática, el pueblo NO “entrega el poder”…lo asigna, lo delega, lo vigila, pero no lo debe soltar para luego someterse a los caprichos del elegido.

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