Volaría de Monterrey a la Ciudad de México, para conectar con el avión que me trasladaría a Zihuatanejo, punto desde donde buscaría la manera más rápida para llegar al sitio de la misión encomendada por el diario en el que laboraba.
Una vez que terminó mi primera preocupación, motivada por la necesidad de abordar a tiempo el vuelo de conexión, disfruté el corto trayecto a Zihuatanejo tras convencerme de que el verdadero problema, cuya solución dependía únicamente de mi persona, empezaría hasta que aterrizara.
Tan pronto desembarqué me dirigí a toda prisa a las afueras del aeropuerto, donde encontré a un taxista que dijo saber dónde estaba el lugar que yo buscaba.
Sin perder tiempo en la negociación sobre el precio del viaje —en esa época mi fuente de trabajo no escatimaba en viáticos si estos prometían encontrar una noticia—, emprendimos el viaje. En unas cuantas horas debería regresar al mismo punto, para retornar a Monterrey.
A bordo del automóvil de alquiler vi un rato el mar, preparé mi equipo fotográfico y traté de pensar que todo saldría bien. Mi optimismo no tardó en ser abatido por la realidad cuando, de improviso, el taxi se detuvo en plena carretera.
—Aquí es—anunció lacónico el taxista.
—¿Dónde? —le pregunté obligadamente.
—Allá arriba—contestó el trabajador del volante, con la misma concreción de sus palabras iniciales.
—¿Por qué no subimos? —cuestioné desconcertado al descubrir un camino que ascendía y estaba en óptimas condiciones.
—Arriba está lleno de gente armada—expuso su razón concreta y claramente el transportista, cuya actitud hacía sobrar casi cualquier intento de negociación. Aceptó esperarme sólo durante un tiempo prudente al pie de la carretera.
Mi profesionalismo, idealmente, o personalidad patológica, realmente, me llevaron a caminar decidido cuesta arriba, con la cámara desenfundada, lista para ser activada. Mi estrategia, si acaso mereciera tal jerarquía, era sencilla: una vez cerca de la propiedad que debía fotografiar y describir, comenzaría a captar imágenes en un “operativo” sorpresa, pomposamente nombrado, o acción “kamikaze”, sencillamente denominada.
Así lo hice.
Cuando me topé con la mansión “ametrallé” con mi cámara todo lo que tuve a la vista, provocando la estampida de una decena o veintena de hombres vestidos con traje obscuro, pelo corto, morenos y fornidos en su mayoría. Si dijera que eran efectivos de las Fuerzas Federales, quizá más de un lector ponderaría mis dotes detectivescas.
Con la inconsciencia que sigue caracterizándome, mi cámara y yo nos enfrentamos a todo un pelotón, cuyos sorprendidos integrantes corrían en diferentes direcciones huyendo de nosotros, respuesta que por supuesto jamás imaginé minutos atrás.
Una vez que la mayoría de las personas que vigilaban la enorme y lujosa residencia estuvieron fuera del alcance de mi lente, salió a mi encuentro quien parecía ser el jefe de los custodios. Si nunca pensé en la reacción que provocaría mi “estrategia” o acción kamikaze, menos pude suponer cuál sería la respuesta de ese hombre.
—Si publicas esas fotos nos vas a perjudicar; nos dieron órdenes de no dejar pasar a nadie— expresó, ahora siendo yo el desconcertado, pues esperaba una reacción violenta de su parte.
—Mira, vamos a ayudarnos—siguió hablando en un tono conciliador, muy lejos de ser amenazante.
Minutos después yo estaba subiendo a la azotea de una deshabitada residencia cercana, desde donde tuve uno de los mejores ángulos para captar tanto planos generales como detalles que iban desde la abigarrada arquitectura y decoración griega, hasta la colección de vehículos antiguos que había en el interior de El Partenón, la propiedad de Arturo “El Negro” Durazo, jefe de Policía y Tránsito del Distrito Federal en los 80, en ese entonces recién intervenida por la autoridad que lo investigaba.
Claro: “encontré” tan excelente ubicación gracias a la orientación que recibí de quien pudiendo golpearme o arrebatarme la cámara, me dio un ejemplo de la política de verdad, es decir, concilió y llegó a un acuerdo pacífico y favorable para ambas partes.
Ante el alto valor informativo capturado, sobraban las imágenes de los guardias evitando ser fotografiados, por lo que nunca fueron publicadas. Ellos “jamás” pudieron darse cuenta del fotógrafo que desde una casa afuera de la propiedad custodiada hizo uso de su potente telefoto.
Ojalá supiera dónde está ese personaje. Propondría votar por él.


