La historia se repite con actores diferentes, pero bien dicen que quien no aprende de los errores del pasado está condenado a remacharlos. En la primera elección que enfrentó, el exgobernador Francisco Javier García Cabeza de Vaca desdeñó los colores del PRI; los minimizó y atacó con todo el peso de su administración.
Maniobró para colocar en el tricolor a dos dirigentes que le fueran útiles y que atendieran sus instrucciones por más absurdas que resultaran, con el único objetivo de demoler las bases de ese partido.
Todas esas acciones las ejecutó con la complicidad del último gobernador priista de Tamaulipas, Egidio Torre Cantú, quien desde su cómodo exilio en San Pedro Garza García complacía a Cabeza de Vaca a cambio de impunidad. Fue así como Torre Cantú operó para imponer a Sergio Guajardo Maldonado como líder estatal del tricolor.
“Checo” Guajardo compitió entonces en una elección abierta de consejeros políticos contra Óscar Luebbert Gutiérrez.
La orden de Cabeza de Vaca era impedir a toda costa que el exalcalde de Reynosa, Luebbert, tomara las riendas del PRI, por ello, Egidio primero impuso a Guajardo y luego operó con el entonces alcalde de Ciudad Victoria, Óscar Almaraz Smer, para que operara la compra de consejeros estatales en su favor. Almaraz se apoyó en César García para realizar el despliegue financiero y así lograron ganar la votación interna. Posteriormente, Cabeza de Vaca también impuso a Yahleel Abdalá Carmona como lideresa del PRI.
El mandatario panista jamás pretendió consolidar una alianza real con el priismo; por el contrario, buscaba su extinción y lo consiguió de la mano de Egidio, dejándolo en los puros huesos y con una representación tan raquítica que hoy tienen a un regidor de El Mante como su dirigente estatal.
Sin embargo, esa soberbia le costó cara: en la elección intermedia el PAN marchó solo, y esa falta de coalición provocó la caída de alcaldías sumamente poderosas por su representatividad y presupuesto.
Así se perdieron plazas clave como Ciudad Victoria, con Pilar Gómez Leal, y Nuevo Laredo, con Yahleel Abdalá, donde la diferencia en las urnas fue mínima. El colapso ocurrió precisamente por el empecinamiento de no firmar una alianza con el PRI y la obsesión de borrarlo del mapa sin entregarle posiciones.
El excandidato a la gubernatura, César Augusto “El Truko” Verástegui Ostos, sí entendió la lección y en el siguiente proceso fue en coalición con el tricolor; aunque perdieron, la votación se apretó de manera considerable en contra del hoy gobernador Américo Villarreal Anaya.
Los saldos históricos, como los de Coahuila en su momento, le dejan a Morena un mapa de conocimiento muy claro sobre cómo deben elegir a sus candidatos a las alcaldías y diputaciones con miras al 2027. El partido guinda ya marcó los tiempos y aceleró los procesos, por lo que sus aspirantes andan desatados sabiendo que en unos meses se definirán las nominaciones.
La principal enseñanza es obvia: sin unidad no hay avance. Una mala selección de perfiles o el enfrascamiento en contiendas internas estériles les costaría posiciones que hoy ya dan por sentadas.
En ese recuento, la cúpula morenista debe tener claro que para asegurar triunfos en Nuevo Laredo, Reynosa y Ciudad Victoria resulta indispensable pactar y mantener la cohesión con los alcaldes vigentes; de lo contrario, reactivarán boquetes electorales que no tendrían por qué figurar en su estrategia.
Son muchas las lecciones en el tablero, una de las más crudas es que los programas sociales a veces no bastan para ganar elecciones ni para sepultar los escándalos de corrupción. Es el desgaste natural del ejercicio del poder, un factor real que termina por reflejarse en las urnas cuando la soberbia desplaza a la operación política.
Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…
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