De paros y peros y marchas marchitas

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Cuando los ciudadanos hacemos una petición o mejor dicho, una exigencia a nuestros gobiernos mediante huelgas, marchas, protestas u otros medios, no basta con externar la dolida queja; debemos saber qué es exactamente lo que esperamos y exigimos que el gobierno haga al respecto de aquello que nos inquieta, nos molesta o nos duele y que haremos nosotros mismos al respecto.

Debemos pues, ser precisos en nuestro planteamiento y demanda respecto de lo que necesitamos que se haga al respecto del problema que nos aqueja. En el tema de los feminicidio, me pregunto qué puede hacer un gobierno para: Promover la protección, el mantenimiento y acrecentar la seguridad integral de las mujeres tanto a nivel individual como comunitario en México; a nivel primario disminuyendo los factores de riesgo y aumentando los factores de protección; a nivel secundario, detener el avance y agravamiento de los casos de feminicidio y a nivel terciario habría el gobierno que buscar la manera de minimizar el impacto -no restándoles importancia- sino evitando que la población se desensibilice ante estos hechos y se conviertan en algo cotidiano o “normalizado”. Es decir: evitar que estos hechos se repliquen y se repitan.

Primero; tanto el gobierno como nosotros los ciudadanos comunes, sabemos muy bien que la gran mayoría de los feminicidios a consecuencia de la violencia de género, ocurren en el seno de las familias o entre personas afectiva y/o socialmente cercanas (parejas y ex-parejas) y en muchos casos existe un factor pasional/sexual perverso.

Muchos de los feminicidios (excepto algunas monstruosas excepciones cometidas contra menores) tienen antecedentes y mostraron señales de alarma previas. Intervenir de manera preventiva en la disfuncionalidad familiar para evitar una tragedia posterior sin violar la privacidad de las persona y las familias, no es tarea fácil. Lo único que el gobierno realmente puede hacer es ofrecer alternativas de vida a quienes por su propia cuenta, perciben que están en una situación de alto riesgo y puedan salir a tiempo de dicha situación. El problema es que muchas mujeres (de cualquier edad) no tienen a dónde acudir, y cuando parece haber algo, resulta peor que la misma situación de la que necesitan escapar. Como en todo, el gobierno debe ofrecer educación efectiva y servicios eficientes para prevenir así como alternativas viables para proteger a las víctimas.

Este tema no puede dejarse solamente en manos de asociaciones civiles.

Para lograr promover la seguridad de las mujeres de todas las edades y prevenir la violencia contra las mujeres que derive en el feminicidio, el gobierno debe elaborar y lanzar campañas de concientización, programas de educación en las escuelas, a la par con la instalación de centros comunitarios activos en los que haya personal debidamente capacitado para: Identificar factores estresantes y de riesgo, ofrecer información en situaciones vitales, asesorar a las víctimas de violencia, ofrecer resguardo y apoyo legal, intervenir con prontitud en casos de crisis o situaciones urgentes, detectar y ubicar a los grupos de riesgo en la población.

Debemos estar conscientes de que los gobiernos trabajan con leyes y políticas, y estas deben estar dirigidas a garantizar el bienestar público. Pero también trabajan con presupuestos y recursos materiales que deben invertirse estratégicamente para facilitar dicho bienestar. Sin embargo, nosotros, los ciudadanos comunes debemos actuar: si vemos a una mujer víctima de violencia, a una niña en riesgo dentro de su propia familia, a una anciana expuesta al maltrato, ofrezcámosle refugio temporal, ayudémosle a cargar su pena y orientémosla y convenzámosla de denunciar, y una vez logrado esto, brindémosle todo el apoyo para que pueda reconstruir su vida. Esa es la verdadera y auténtica solidaridad feminista. ¿Verdad que no es fácil? Esta es la única manera en la que realmente podríamos colaborar para que no haya “ni una más”, después de todo, se trata de salvar vidas. Pero, desafortunadamente para algunos y algunas –salvo raras y admirables excepciones-, parece más fácil vociferar y para enmascarar nuestra indiferencia con pintas y desplantes vandálicos, o simplemente vivir en la negación. Pero si se lo dejamos todo al gobierno, o a las pocas asociaciones civiles que valientemente se han ocupado de este tema, el 9M será una marcha marchita que como tantas otras quedará en el olvido, la indiferencia y la indolencia social.

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