Hace un año brody estuve con la Rosa María bien campante en la capirucha CDMX en plan de vacaciones.
Imagínate visitar el Zócalo, el Museo de Antropología e Historia, el Museo Soumaya o de perdis el Museo de Rufino Tamayo. No se pudo.
Con el semáforo rojo estaba todo todito cerrado, salvo algunos puestos de quesadillas sin queso abiertas. Ni eso. Todos los negocios, la mayoría tenían prohibida su apertura, por orden de la Secretaría de Salud y el doctor Hugo López Gatell que no usa mascarillas quesque “no protegen”.
Hace doce meses nos quedamos como novias de rancho, bueno casi, porque no pudimos pasar la Noche Buena porque llegamos desde Reynosa y pos tal vez llevábamos el bicho chino del Covid-19.
Adiós a los abrazos, besos, si quiera algún saludo de mano (ahora es de puño o tocando los codos, como buen regiomontano), con el constante lavado de manos y el inseparable cubrebocas pa’ evitar la contagiadera.
En esos diez días de vacaciones, gracias a Dios el año pasado nos rescató mi cuñada Miri a pesar del temor a los contagios. De lejecitos, separados siempre en una sana distancia, aprendimos a convivir y a recibir la hospitalidad de la hermana menor de los Ciprés.
Disfrutamos “muncho” de la familia, de convivir con sus hijos Xanat y Chico, como de la música que sale del alma del buen hombre José, su esposo.
Ahora que regresamos en este diciembre del 2021, en semáforo verde: ¡cómo te lo explicas mona’o! Es entonces cuando ahora mesmo me da un dejà vu y empienso ¿otra vez again? Oh no, oh no, oh no.
Con tantos contagiados de Covid ahora de esa variante omnicrón, a pesar de eso, sí nos pudimos arrejuntar con nuestros paisanos y pudimos ver a los queridos parientes de la Rosa María.
Don Juan Ciprés, mi suegro de 88 años es un hombre que le dio una buena vida a doña Rosa, que se nos adelantó hace unos 10 años.
Ahora como que el viejón se desguanzó y batalla para caminar, se la pasa soñando con regresar a su casita en su pueblo de Zinapécuaro, Michoacán, donde le gusta ver su amplio jardín y vivir alejado del mundo como de las redes sociales.
Yo le digo a don Juan, que debe alimentarse mejor, para vivir hay que comer tres veces al día, tomar sus vitaminas y “medecinas”, algo de pollo o pescado y pos también no quedarse a ver todo el día puro futbol en la tele, sino que hay que mover las piernitas para que se fortalezcan.
“Yo solito, yo solito”, dice mientras trata de moverse en la andadera, con alguno de sus hijos cuidando que no se caiga y diera un golpe.
Pos sí se cayó y se ha dado varios trancazos en el baño, como en las escaleras en alguna de sus visitas a la Capirucha.
Un agradecimiento a sus hijos Juan Carlos como Eduardo, gracias por hacer hasta lo imposible para salvarlo: gastos médicos, de rehabilitación, alimentación de a deveras.
A Concha y Chema, que lo recibieron en Toluca, en plena cuarta ola del Covid. Estos ojos pispiretos vieron todo el amor que le dieron, los cuidados hacia su persona, con tal que don Juan pudiera pasar unos días navideños felices, pero la mera verda’ cómo puedes estar feliz cuando pasó por el Covid, que lo dejó todo fregado.
Gracias de a deveras por el tiempo y dedicación de sus otros hijos Arturo, Miri, Josa y la mesma Rosa María que se quedó un largo mes para cuidarlo (¡gulp!) con tal de que reaccionara y estuviera como en sus viejos tiempos, como un fuerte roble.
Pero los años no mienten y no es igual tener 50 años que 88. Dice que ya aprendió de sus errores, pero el tiempo cobra factura.
No quiere tomar oxígeno por las noches, quesque está requetebien y él “sabe” más que el propio doctor que lo revisa en la CDMX o en Morelia.
Dios bendiga a don Juan, pero sobre todo a toda su familia que lo adora, por su hospitalidad y cariño. ¡Y Feliz Año Nuevo 2022 a todos!


