El TMEC está dejando de ser una herramienta para fortalecer las cadenas comerciales entre los tres países de Norteamérica, para convertirse en una poderosa herramienta política para presionar a México.
La negativa de ampliar la vigencia del tratado comercial más importante de la región, que entró en vigor en 1994, con el nombre de TLCAN, dejándolo en diez años con revisiones anuales, sin duda va a generar incertidumbre en los inversionistas, quienes, al no tener certeza de posibles modificaciones que perjudiquen sus inversiones, optarán por buscar mejores condiciones para invertir en mercados que garanticen una mayor certeza jurídica.
Las inversiones de gran escala suelen planearse con períodos de recuperación de mediano y largo plazo. Por ello, la posibilidad de revisiones frecuentes y de cambios en las condiciones del tratado podría convertirse en un factor que desincentive la llegada de nuevas inversiones orientadas a abastecer el mercado estadounidense desde México.
Estas revisiones anuales, sin duda abrirán la puerta a nuevas presiones por parte de Estados Unidos para incorporar los temas de seguridad a la relación comercial. En los hechos, el mensaje sería claro; si México desea preservar sin modificaciones las ventajas del tratado, deberá fortalecer el combate al tráfico de drogas, contener los flujos de migración irregular, intensificar la cooperación contra las organizaciones criminales y mejorar las condiciones de seguridad pública en el país.
A ello se suma que, durante el sexenio anterior y el actual, se han impulsado reformas que, desde la perspectiva de diversos sectores empresariales estadounidenses y de los propios gobiernos de Estados Unidos y Canadá, están en conflicto con algunos compromisos asumidos en el T-MEC; Entre las que destacan los cambios en materia energética y de telecomunicaciones, así como la reforma al Poder Judicial y la desaparición de diversos organismos constitucionalmente autónomos que fungían como contrapesos institucionales.
La estrategia de Washington está orientada a utilizar el acceso privilegiado al mercado estadounidense como un mecanismo para exigir una cooperación más amplia en materia de seguridad. Para una economía como la mexicana, cuyo principal mercado de exportación es Estados Unidos, un deterioro de la relación comercial tendría consecuencias de gran magnitud.
En ese contexto, insistir únicamente en un discurso de defensa de la soberanía nacional, sin reconocer el grado de interdependencia económica que caracteriza a América del Norte, puede resultar insuficiente para proteger los intereses del país.
El reto para México es encontrar un equilibrio entre la cacareada soberanía y la necesidad de mantener la confianza de sus principales socios comerciales.

