En los días que corren una runfla de supuestos historiadores han lanzado al viento una sarta de mentiras e interpretaciones que echan raíz en mentes tan ignorantes como facciosas. Con motivo de la conmemoración del 215 aniversario del inicio de la Guerra de Independencia, ha aparecido un pandilla de filiación conservadora que asegura que el padre de la patria no es don Miguel Hidalgo y Costilla, sino Agustín de Iturbide, autoproclamado Emperador de México.
Para evitar controversias, acudiré a la historiografía. Registrada en la Memoria Política de México, se encuentra la Proclama de Guadalupe Victoria dirigida a las provincias de oriente y occidente, de la cual extraigo los párrafos clave: “…Sí, conciudadanos, vosotros lo sabéis muy bien: el sargento Pío Marcha, digno de la eterna execración de la nación, convocó a los del barrio de Salto del Agua y a varios militares como él, y con voces descompasadas y amenazadoras sorprendió a los habitantes de México, clamando ¡VIVA AGUSTÍN PRIMERO!, como si en estos haraganes hubiese la nación depositado sus sagrados derechos, ni los hubiese facultado para disponer de su voluntad; mas el gobierno le ha premiado esta acción detestable.
Reúnense nuestros diputados en el salón de cortes para ventilar en tan extraordinario acontecimiento lo que más convenía a la patria, como representantes de ella; allí un pueblo feroz, incapaz de conocer sus derechos, los amenaza. ¡Ah! La parca con la cuchilla enarbolada sobre sus cuellos, les exige el nombramiento de emperador, y estos padres de la patria ceden a la fuerza, sumergidos en el más vergonzoso dolor, quedando desde allí sometidos a la potestad imperial. ¿Y habrá, conciudadanos, quien se atreva a desmentir hechos tan notorios?…
He aquí, conciudadanos, el por qué vuestros diputados gimen sin esperanza de conmiseración. ¡Oh inmortal Bustamante! ¡Oh memorable y digno Mier, verdaderos padres de la nación! Vuestra memoria, a pesar de los déspotas, será siempre el objeto de mi veneración, y los sacrificios que os ha costado la felicidad de vuestros compatriotas permanecerán indelebles en los corazones de los hombres de bien.
Faltaba echar el sello a nuestra afrenta, y para verificarlo, Agustín disolvió el Congreso, remplazándolo con una junta de eclesiásticos y pocos particulares, dándole la denominación de Instituyente…
¿Con tal descaro se ultrajan los derechos vuestros? ¿Así se atropella vuestra soberanía? Y decid por último ¿se haría otro tanto con los más estúpidos salvajes de Otajaite? Pues esta ha sido la conducta, ¡oh amables compatriotas! que se ha observado con vosotros, y en esto vino a parar la libertad del gran Septentrión, cuya catástrofe política compadecen las naciones civilizadas. Por esto, y porque detesto toda opresión, he abandonado mi retiro, he tomado las armas, he proclamado la república, único medio de ser libres, y estoy resuelto a parecer, si fuese necesario, en tan justísima demanda.
Si este hecho fuese de vuestro agrado, me doy el parabién de su logro, y si no, yo me someto gustoso al juicio de toda mi nación, cuya única soberanía venero y reconozco.
Lejos de mí la idea de verter vuestra sangre por mi exaltación; quiero que el día que se logre esta gloriosa empresa, si aspirase a la más mínima recompensa, sobre un público cadalso sea mi cabeza el primer escarmiento que ofrezca esta nación a los ambiciosos.
Estos son los sentimientos que animan a vuestro compatriota y amigo.
José Guadalupe Victoria. México. 1823.


