El taller de las maestras De León II

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Atrás de los salones, en el patio rectangular al fondo de la casa de la maestra Norma, no encontré la maceta con la flor de amapola, pues hace muchos años, cuando ella fue adolescente, su tía o mamá le habían prohibido conservarla por temor a malas interpretaciones.

Es difícil entender para muchos que una flor puede llevarnos a experimentar con colores como el bermellón, rosa aplazarín y una gotita de amarillo claro; formen el peculiar rojo que crea los pétalos de la flor víctima de tabúes sociales.

No entienden las personas cuando ven un cuadro de amapola, que no es un tributo a una adicción sino a la mismísima naturaleza.

Las mujeres que en aquel entonces tenían poco más de 50 años, contemplaban con sus pinceles y trazos, no solo a flores, sino también a su familia y paisajes que colgaban de una de las paredes de los salones del frente, que a muchos nos servían de inspiración y a las mamás, les hacía ilusión que sus hijos algún día pudieran pintar algo similar con la ayuda de sus clases.

Adivinar de quien era cada cuadro sin ver su firma, se convirtió en un reto: si querías saber si eran de María Elma o de Norma, habría que poner atención en los trazos.

María Elma, o Ma. Elma, como firmaba y también así le llamaba su hermana, tal vez por la contracción al pronunciar el nombre completo; marcaba sus trazos en el bastidor, denotando sus movimientos en el óleo y su paleta era de tonos suaves.

Mientras que los trazos de la maestra Norma se esfumaban en la pintura y su paleta era de colores más obscuros.

Norma usaba en aquel entonces cabello castaño rojizo, a la altura de la mitad de cuello y como era ondulado, le daba un toque elegante, al igual que su hermana; pero María Elma utilizaba el cabello castaño claro, casi rubio que le iba muy bien a sus ojos verdes.

Primero me identifiqué con María Elma, porque su carácter era dócil, pero después me encantaba platicar con la maestra Norma, porque era sincera y me aconsejaba.

No sé cuándo fue el último día que fui a su taller, pero tengo presente que alguna vez hice una llamada telefónica para prometer que volvería, pero nunca sucedió y tuve que seguir con esa nostalgia.

De las pocas veces que intencionalmente pase por su calle en el centro de Cadereyta, me volví a ver con el mandil puesto, las manos recién lavadas con restos de pintura, al igual que en el cabello y con un suave aroma a aguarrás.

En uno de esos recesos con mi amigo Ludwig, para comprar una coca cola y volver a la actividad lo más pronto posible a terminar algún cuadro pendiente.

De esas caminatas que hice sobre la calle Mutualismo, busqué con la mirada la fachada del taller de las maestras De León con los dedos marcados con pintura que aún invitaban a entrar y aventurarse a aprender a mezclar los colores, sin poner blanco directo en el bastidor, porque ensucian el color, como advertían ellas.

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