Identidad y frontera

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Creo que aún no caminaba. Un día, justamente el más remoto del que tengo memoria, desperté en la frontera de Tamaulipas frente a una televisión.

Hacia el final de la década de los cincuenta del siglo pasado mi familia —como tantas otras— llegó y se estableció en Reynosa. Ocupamos una casona a cuatro cuadras de la refinería que Petróleos Mexicanos construyó, aportando a la ciudad y a la región uno de los motores económicos más importantes de la época.

Estaba ahí, con la tele encendida sin entender muy bien qué era eso que veía. Recuerdo con la precisión de una de esas sensaciones fuertes que nos acompañan de forma especial, el tipo de aparato y el programa que se transmitía. El televisor era un modelo llamado Predicta; después supe que igual que en mi casa en otros tres millones de hogares había uno igual. De hecho para celebrar los 50 años de teledifusión en México, se usó uno de esos aparatos como ícono conmemorativo. El programa era infantil, con la peculiaridad de ser conducido por una “mujer payaso” con la cara maquillada de blanco y una barra de pan en la cabeza a manera de sombrero; donde, por supuesto, lo importante no era el sombrero sino la marca del pan.

Este hecho me ha servido para entender que pertenezco a una generación, quizá la primera, que construyó sus esquemas mentales con la presencia de la televisión. Mi generación ha visto hasta este momento “toda la televisión”. Desde aquellas situaciones en las que gente que había nacido con la radio se quedaba “encantada” por horas mientras la pantalla trasmitía cartones —literalmente cartones— de identificación de las estaciones, (imágenes que llegué a pensar tenían algo que ver con la necesidad de calentar el aparato), hasta el arribo de ese lenguaje audiovisual que yo llamo formato de videoclip que nos obliga a “leer” cada vez más rápido las imágenes en un montaje de secuencias entrelazadas, que es parte de una nueva “gramática” visual con la que hemos crecido. Una ocasión conté 120 tomas en un spot de 60 segundos, el tamaño que por alguna razón comercial utilizaban todos los promocionales de bebidas alcohólicas.

En la frontera vi en la televisión, por ejemplo, la crónica casi en vivo del asesinato de John F. Kennedy, vi al primer hombre que pisó la luna, una pelea de box que sólo pudo pasar en la pantalla chica porque se realizó a partir de una animación que enfrentaba a Rocky Marciano y Cassius Clay; recuerdo a los Beatles con Ed Sullivan, la primera tele a colores que llegó a casa de un vecino y a otro —a unos cuantos metros del Río Bravo— intentando “modernizar” su blanco y negro con papel celofán tornasol. Vi las señales que se transmitieron desde México a través del satélite “pájaro madrugador” y desde mi salón de primero de secundaria, junto a todos mis compañeros, vi encenderse el pebetero del estadio 68 durante la inauguración de los décimo novenos juegos olímpicos. He visto también desde el inicio de MTV, hace casi 40 años; el arribo del Pay TV, de los canales Spans, hasta los debates por la presidencia de EEUU en Youtube.

Las cosas de la TV no han dejado de cambiar; desde aquel programa infantil de la Payasa, el arribo del formato de videoclip, pasando por la invasión de techos con antenas con rotor y booster que se necesitaban en la frontera para ampliar el espectro disponible de canales y además de las estaciones gringas poder sintonizar la televisión mexicana, hasta las parabólicas y de ahí al streaming, que son cambios culturales de alcance global que no sabemos hasta dónde van a llegar.

Así como la TV ha sido parte especial de la vida de la gente de mi generación, la frontera es para mí una identidad excepcional. Después de haber dejado de vivir en Tamaulipas por casi 15 años, no hay encuentro en la Ciudad de México en el que pase por alto nuestro origen fronterizo.

La explicación es que lo norteño y lo fronterizo se nota.

Y se nota porque la frontera de México con Estados Unidos presenta una realidad única y diferenciada justamente por esa ubicación, por su naturaleza histórica y cultural, así como por las características específicas de su desarrollo socioeconómico, que dan lugar a nuestra forma de ver el mundo.

La región que integran los 38 municipios fronterizos localizados en las siete entidades norteñas de México —le concedemos a Nuevo León ese atributo— es y ha sido rica en contenidos de identidad y pertenencia, que a lo largo de los años la llenaron de significados culturales dando lugar a una forma de ser fronteriza.

En particular en el siglo 20, la frontera norte fue identificada como una zona de movilidad, como un espacio abierto y de amplias oportunidades. En pocas palabras, una zona de atracción.

La migración interna fue una variable que históricamente definió a sus habitantes por el atractivo representado para sectores de la población en edades laborales. Durante esa etapa, la frontera estuvo siempre ligada a una idea de progreso y apertura que recibía e integraba positivamente flujos intensos de migración ofreciendo además de proyectos de vida, una identidad cultural que se compartía colectivamente como característica propia de sus habitantes —nativos y adoptados— que se reconocían fácilmente como parte de esa zona de movilidad y de cambio que comprendía a los individuos, las familias, las relaciones sociales y sus instituciones.

El agotamiento de esta dinámica y la falta de nuevas políticas públicas que la pusieran al día, ha forjado una pérdida de esas cualidades originales en la frontera. De ser una zona de progreso y de mejora en la calidad de vida, se ha convertido recientemente en una zona que muestra fuertes y complejos deterioros, una grave acumulación del déficit en servicios públicos y, por supuesto, en los niveles de seguridad. Como consecuencia de ello, los límites de la pertenencia y de la identidad colectiva de la frontera norte también se movieron o se perdieron; y las personas que llegan a la región no encuentran ahora mecanismos eficaces de integración, cohesión social y pertenencia. Encuentran más bien un entorno peligroso o por lo menos intimidante.

El reiterado reconocimiento de lo prioritario y el carácter estratégico atribuido a la frontera, tanto por México como por los Estados Unidos, no ha sido suficiente. Ante los hechos, es evidente que la manera de plantear y promover su desarrollo ha fallado por no tomar en cuenta, justamente, la realidad excepcional de esos municipios y las características de las sociedades asentadas en la región. Esto hace indispensable un cambio de paradigma para concebir y abordar los problemas de la frontera norte; asunto que va mucho más allá de muros o soldados. Se trata de compensar asimetrías y de tratar excepcionalmente una realidad excepcional.

Hasta ahora, las fórmulas de dar a la región un trato diferenciado no han evolucionado ni a la velocidad ni con la profundidad requerida. Las oportunidades se pierden y lo más grave es que una diversidad de problemas se siguen acumulando en algunos puntos de la región, reuniendo una fuerza desintegradora que debe ser atendida con una visión renovada capaz de evitar la propagación de mayor inseguridad, conflictividad y violencia. En el caso de Tamaulipas no debe esperarse a que tengamos ahí otro escenario como el de “Todos Somos Juárez”.

Del lado mexicano, a las iniciativas a favor del desarrollo de la región fronteriza les ha faltado consistencia, continuidad y en algunos casos, pertinencia.

En la década de los sesenta, el Programa Nacional Fronterizo (Pronaf) fue concebido e instrumentado como un organismo de desarrollo regional para impulsar en las zonas fronterizas del país el desarrollo económico y el bienestar social de sus habitantes. Entre sus cualidades destacaron acciones estructurales de profundidad, por ejemplo la promoción del régimen de maquiladora y la promoción económica de las franjas fronterizas y zonas libres, la idea de atraer con diversos programas a los estadounidenses a nuestra región, mientras se reafirmaba una conciencia fuerte sobre México y un conocimiento más profundo sobre la naturaleza social y cultural de la frontera. Creo que no ha existido, desde entonces, una medida de ese tamaño.

Cuarenta años más tarde, en el despunte del siglo 21, recuerdo una reunión en el Museo de Historia Regional en Monterrey encabezada por Fox, en la que se daba a conocer la agenda de la recientemente creada Comisión para Asuntos de la Frontera Norte (presidida por cierto por Ernesto Ruffo Appel, un “fronterólogo” nacido en San Diego). Parecía algo ambicioso. Resultó un fracaso rotundo al convertirse en una lista de las mismas acciones y mismas inversiones que cada dependencia ejercería en los municipios de la frontera norte, sin cambios cualitativos o de trascendencia. El propósito era poner en marcha una política comprensiva que reuniera los esfuerzos del gobierno federal y los gobiernos locales para “dar solución a los muy diversos problemas que aquejan a la frontera”.

De una gran consulta, en múltiples foros y esfuerzos regionales de planeación, se definieron estrategias y acciones para 16 sectores y casi 60 subsectores que cubrían el territorio, la vida social, económica y cultural de la frontera. El resultado principal fue el diseño y presentación del Programa Regional para la Frontera Norte, que con un horizonte para el año 2025 fue dado a conocer en diciembre de 2002.

Era sin duda, una lista larga de acciones y proyectos, una respuesta más ambiciosa que plausible, para canalizar montos de inversión sin precedente en la frontera, cambiar la interlocución entre los órdenes de gobierno y dar a la sociedad civil y a sus organizaciones un papel más actuante y protagónico en la definición de políticas públicas, la toma de decisiones y en la ejecución de las acciones.

Apenas medio año después, en julio de 2003, el comisionado Ruffo renunció a su cargo por falta de apoyo, reconociendo la persistencia de un “centralismo que impide a los gobiernos locales” tomar las decisiones que les interesan. El esfuerzo feneció y la Comisión para Asuntos de la Frontera Norte desapareció de la estructura formal del gobierno de la república. Para la frontera, los gobiernos de Calderón y Peña pasaron sin pena ni gloria. Nada excepcional, para una región con una realidad excepcional.

El gobierno de la 4T empezó con la reducción del IVA. Pero no está aún a la vista un cambio sustantivo que compense a la frontera y que lo haga con la magnitud que se necesita, para que esta región en Tamaulipas y las entidades del norte, vuelva a tener esas características que nos permitieron ahí, formar una identidad extraordinaria y fuerte, tal y como lo vivimos desde Nuevo Laredo a Matamoros, las generaciones que crecimos durante la segunda mitad del siglo pasado.

Ahora, lejos de la frontera, conservo la Predicta y sigo disfrutando y “ejerciendo” esa forma de ser fronterizo que nos modeló la conciencia, el gusto por lo frugal, la manera franca de relacionarnos y un sentido de pertenencia que son activos sociales importantes que creo, lejos de cualquier prejuicio, se están perdiendo en nuestra tierra.

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