Kilos Mortales

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Mi esposo me pregunta por qué me gusta ver el programa de Kilos Mortales; historias de vidas difíciles de personas atrapadas en sí mismas y convertidas en la personificación de su problema.

No, definitivamente la razón por la que veo ese programa no es el perverso placer de ver el sufrimiento de personas convertidas en obesos mórbidos al borde de la muerte. En realidad la razón que me atrae es ver el valiente y doloroso proceso por el que deben luego atravesar para revertir el daño extremo. Muy pocos lo logran.

Mientras que por una parte se puede llegar a una condición nefasta en caída libre, salir de dicha condición suele ser un largo y sinuoso camino cuesta arriba.

Pero, sobre todas las cosas, el programa de Kilos Mortales es una analogía que representa lo que sucede casi con todo en este mundo: todo lo que se descuida se deteriora y, cuando el descuido es constante el deterioro es acumulativo. La negación (de problemas físicos o emocionales no resueltos), la auto indulgencia, la indolencia, la compulsividad, la falta de auto control, la irresponsabilidad y cualquier otra debilidad, justificable o no, termina por conducirnos a la autodestrucción.

En los casos donde existe codependencia, no faltará el “facilitador” que “alimenta” al síntoma y así controla a la persona, fomentando una adicción mutua, de la cual luego cuesta mucho salir.

Dice un refrán que en la vida adulta, “todo lo que nos sucede lo provocamos o lo permitimos”. El descuido o el exceso de permisividad puede parecer placentero en un principio, pero el dolor y el trabajo que implica revertir los efectos de los excesos es directamente opuesto al grado de placer que en su momento pudo causar llegar a los extremos.

Y así sucede con todo: malcriar a un hijo, descuidar a la pareja, desatender un negocio, incumplir en el trabajo, desatender la casa, incurrir en vicios o malos hábitos, o el abuso del cuerpo, de la salud, de la mente o del alma, etc.

Todo tiene efectos negativos acumulativos y mientras más tiempo pasa, más grande se hace el problema y más difícil y doloroso será revertir el daño, el deterioro, la deformación. El peso de la calamidad que muchos cargan sobre sus hombros se podría medir en “kilos mortales” hasta que se toca fondo. Solo así se entiende que no hay remedios mágicos, ni curas milagrosas, ni soluciones instantáneas ante los estragos de la negligencia crónica.

Y aunque lo reparado nunca quedará igual que lo bien cuidado, se necesita determinación, orden, valor, voluntad, responsabilidad, constancia, consistencia, disciplina y tenacidad para reparar el daño que nos causamos nosotros mismos y a nuestro entorno a falta de capacidad para domar a nuestros demonios interiores.

“El que domina a otros es fuerte, pero el que se domina a sí mismo es poderoso”.

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