Recientemente escuché que el mayor logro del capitalismo y su fase superior, el imperialismo, era que los pobres, los desposeídos, los trabajadores, los que viven al día, se sintieran de derecha y defendieran los privilegios del gran capital. El éxito ha sido tan rotundo que ya quedaron muy lejos los riquillos de la aldea con respecto a la irracional acumulación de la riqueza de los magnates que dominan el planeta y sus tripulantes.
En el 2010, Carlos Slim, el magnate mexicano que compró en la subasta de 25 de 25 (25 millonetas que pagaron 25 millones de dólares por cancha y carta en el reparto de la riqueza acumulada durante 50 años por el estado mexicano), la empresa estatal Teléfonos de México, se convirtió en el hombre más rico del mundo al acumular 53,500 millones de dólares. Con 23 mil millones más, repitió en el 2011, luego en el 2012 con 69 MD. La última vez fue en el 2013, con 73 MD, piquito menos, piquito más.
Pues este señor don Carlos, con seguir siendo muy rico, ya es casi un paria frente a las colosales fortunas acumuladas por el pequeño grupo de los ultra ricos, surgidos, en menos de 10 años, del poder político al servicio del poder económico. Elon Musk, el amigo y socio de Donald Trump, acumuló este año más de un trillón de dólares; concretamente, según los medios especializados, tiene en su poder un millón, doscientos mil millones de dólares.
Cómo, de qué y porqué. Pues, simplemente aprovechando sus relaciones con el poder político para saltarse cualquier barrera que impida llevar adelante sus locos proyectos, como el de ir a Marte, aunque con ello esté destruyendo los ecosistemas del sur de las costas texanas y el norte de los litorales del estado de Tamaulipas. No hay poder humano que pueda oponerse a su caprichosa voluntad, ni siquiera la megalomanía del vecino.
No le importa el planeta, cuya capacidad de recuperación está siendo severamente mermada, como bien lo ha manifestado, con el acelerado avance del cambio climático que amenaza la existencia de la vida en todas sus manifestaciones. Tampoco le importa el ser humano si no tiene, cuando menos, mil millones de dólares. Todos sus afanes están encaminados a cumplir excentricidades de los ultra ricos, aunque se lleve de encuentro a los demás.
Y, como lo que es arriba, es abajo, y lo que resulta lejano, está próximo, lo mismo ocurre aquí y ahora. Los riquillos del terruño que gobiernan a control remoto desde sus residencias en el lado americano, ya se aprestan a rolarse los cargos públicos con el apoyo de las huestes de miserables a su servicio. Al caso, hay mucha tela de dónde cortar, porque el constante lavado de coco a través de los medios venales de comunicación, han llevado a los pobres a sentirse fifís porque don zutano los saludó.
Han perdido la capacidad de entender que quizá esta sea la última oportunidad de recuperar el poder político para bien de la ciudad y los ciudadanos; que, cuando las camarillas vuelvan a sentarse en el trono, ya no habrá poder humano que los saque de ahí. El avance de la democracia, esto es, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no lo detiene el poder de los ricos, sino la estulticia de quienes se conforman con las migajas que caen de sus mesas, entregando su libertad por ignorancia.
La lucha para salir de la pobreza empieza por ubicar a cada quien en su lugar, para luego demandar derechos en lugar de privilegios. Lo demás es traición.


