La muerte del General

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A los cinco años le llegó su vocación al niño Manuel Robledo con los colores que le regalo su tía Lala, sabía lo que quería, aunque no lo podía explicar. No sabía que existía el arte ni los artistas ni que hubiera alguien que te pague por hacer esas cosas. Quería estar día y noche dibujando. Se metía debajo de la cama y prendía una lampara de extensión para seguir en lo suyo. Varias veces a las 2:00 AM su mamá alcanzó a decirle:

-Ya duérmete, Manuel, es muy tarde.

Sus amigos de la época no aguantaban mucho hacerle compañía a un niño convaleciente, era muy aburrido. Pero uno de ellos tenía una imprenta y siempre había papel y de esta forma se ganaba a sus amigos haciéndoles dibujos en los que ellos eran personajes, esto servía para que se acercaran un rato y atendiendo al carácter convenenciero de su puerilidad al rato se volvían a aburrir y se iban.

Y esta relación entre niños menores de seis años se convirtió en medio de su recuperación en un concurso de talento personal del niño Manuel para ver su capacidad para atrapar la atención interesada de ellos, desde entonces se asomaba a la química humana y certificaba cómo, si lograba crear un producto de interés, lograba la atención de sus amigos, si no el resultado era la soledad.

El siguiente paso fue hacerles cuentos de aventuras; creo que de haber sido yo su compañero en esa época habría creado para mi a “Super ratón Jorge”, dicho sea de ejemplo. De esta forma aprovechaba su atención y con el tiempo fue evolucionando en contarles cuentos y así logró estar rodeado de sus amigos a quienes lograba seducir con sus dibujos y las historias que se inventaba para ellos. A la fecha tiene en su haber unos cuarenta cuentos de su creación. Fue un año de muchas coincidencias afortunadas, lamentablemente al llegar a los seis años la tragedia lo esperaba en el horizonte con la muerte de su padre.

En 1955, el general Brigadier Manuel Robledo, padre de nuestro personaje sufrió una embolia y fue incapacitado con goce de sueldo con prestaciones por su nivel militar, y en una ocasión yendo de Monterrey a Soto la Marina en un jeep, de paso por Matamoros le pidió a su chofer que lo dejara manejar y sufrió una volcadura con rotura de costillas y fue llevado al hospital que en esa época estaba en la ocho entre Hidalgo e Iturbide, que hoy es Bellas Artes y ahí falleció.

Los restos del militar fueron trasladados de Matamoros a Monterrey para ser sepultado, pero antes hubo un servicio fúnebre en la que el niño Manuel anduvo feliz correteando alrededor del féretro y presumiendo a sus amiguitos la banda de guerra que tocaba magistralmente en honor al difunto. En medio de esa logística de duelo en la que el huérfano no sabía que se trataba de la muerte de su padre se acercó un primo de quince años, incómodo por la alegría del niño en el velorio de su padre a decirle con cierta mala actitud:

-Oye Manuel, ¿Quieres ver a tu papá?

Este primo abrió el ataúd y cargó a Manuel y fue hasta entonces el momento puntual de su vida cuando conoció la muerte, pudo ver en toda su crudeza el rigor mortis de su padre, una contractura en sus músculos faciales y una rigidez cadavérica que jamás la había visto en su corta vida. La alegría infantil se consumió en un fragmento de tiempo, en un abrir y cerrar de ojos y entonces se fue corriendo a su cuarto a llorar a plenitud la muerte de su padre, terrible.
Ya en el panteón del Carmen cuando iban bajando el féretro, el niño Manuel al ver a su mamá comenzó a hacer unos pucheros y de repente alguien lo golpeó por la espalda y le dijo con cierta frialdad:

– ¡Aguántese cabrón! Los hijos de militares no lloran.

Querido y dilecto lector de esta forma la señora Alicia Treviño quedó con cinco hijos y viuda a sus treinta y nueve años, con el peso de las enemistades de su difunto marido pues le tramitaron una pensión de sargento habiendo fallecido como general. Comenzaba un estilo de vida muy diferente al que la familia estaba acostumbrada, la adversidad tocaba a la puerta. De una plácida infancia hasta los seis años la vida para la familia Robledo dio un giro de 180 grados con algunas propiedades que tuvieron que vender y la más grande en Tamaulipas llegaron a decirle con una cantidad de dinero muy por debajo del precio una amenaza velada:

-Señora Alicia, el gobernador quiere sus tierras, le manda esto, acéptelo o pierda todo.

Entendió que la vida sin su marido sería cuesta arriba.

El tiempo hablará.

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