Cientos de familias damnificadas, tierras de cultivo inundadas, cosechas perdidas, casas dañadas, pertenencias inservibles y rapiña en ranchos abandonados, son algunos de los saldos de la crecida del río Bravo a más de un mes del azote del huracán “Alex” en el noreste de México.
Conozco de un caso, que se podría multiplicar por muchos, cuando el dueño de un rancho en las márgenes del Bravo en Reynosa tuvo que dejar su propiedad a la buena de Dios (a merced de los delincuentes), cuando el nivel del agua comenzó a inundar sus parcelas, bodegas y la casa grande.
Durante las primeras dos semanas era imposible acudir a cerciorarse del grado de daños en su propiedad –mediados de julio pasado–, pero tuvo el presentimiento y mandó a sus trabajadores a rescatar lo que aún servía.
La sorpresa que se llevaron fue ver la casa saqueada por personas que llegaron en lanchas para llevarse televisores y equipos de audio, herramienta, muebles, hatos hidráulicos, maquinaria ligera agrícola y hasta botellas de licor.
Al mismo tiempo que las autoridades municipales lanzaban una alerta por el desfogue de la presa Marte R. Gómez, que podría inundar las colonias cercanas al bordo del río Bravo, debieron implementar un operativo de vigilancia para proteger el patrimonio de familias que iban a desplazarse a otros lugares para protegerse.
Por la rapiña y la pérdida de lo mucho o poco que tienen, es por eso que a veces los operativos oficiales fracasan, cuando se ponen a disposición albergues en tiempos de huracanes e inundaciones.
A veces con la complacencia de las autoridades que poco o nada hacen, unos cuantos desgracian la vida a otros sin distinción de clases sociales. Porque lo mismo es robarse una estufa de una familia de escasos recursos, a una mega televisión LCD de 42 pulgadas en un lujoso rancho.
No se vale. Y a la próxima hay que hacer algo efectivo a nivel oficial y policíaco.


