Para los judíos de Austria previo a la primera guerra mundial hacerse de un capital abundante antes de los cincuenta era de suma importancia pero la cultura era primero que el dinero.
En función de sus múltiples escritos no estaríamos muy lejos de la verdad si afirmáramos que Stefan Zweig era el cronista de Viena, Austria incluso de toda Europa, su fructífera y muy amplia obra narra detalles que nos abre horizontes para entender mucho de las circunstancias de su pueblo. Zweig fue hijo de una familia judía acomodada. Su padre, Moritz Zweig, fue un acaudalado fabricante textil, y su madre, Ida Brettauer Zweig, hija de una familia de banqueros italianos. Esta sola referencia nos dice mucho de Él.
Querido y dilecto lector la columna de hoy es solo una mención de lo que SZ conocía de su raza judía acomodada y de cómo dichas personas aspiraban a algo más valioso que el simple hecho de ser solo ricos. Comencemos.
“En opinión generalmente aceptada, la verdadera y típica finalidad de la vida de un judío consiste en hacerse rico. Nada más falso. Para él, llegar a ser rico significa sólo un escalón, un medio para lograr el auténtico objetivo, pero nunca es un fin en sí mismo. El deseo propiamente dicho del judío, su ideal inmanente, es ascender al mundo del espíritu, a un estrato cultural superior. Ya en el judaísmo ortodoxo oriental, donde tanto las debilidades de toda la raza como sus méritos se dibujan nítidos e intensos, encuentra esa aspiración de la voluntad a lo espiritual por encima de lo meramente material su expresión plástica: el hombre piadoso, el erudito de la Biblia, está mil veces mejor visto por la comunidad que el rico; incluso el más acaudalado preferirá entregar a su hija en matrimonio a un intelectual pobre de solemnidad que a un comerciante”.
“Esta preferencia por el mundo del espíritu es homogénea en todos los estamentos; incluso el quincallero más pobre que arrastra sus bártulos a través del viento y la tempestad procurará dar estudios al menos a un hijo a costa de grandes sacrificios, y toda la familia considerará como un título honroso tener en su seno a alguien que goce de reconocimiento en el mundo intelectual: un profesor, un erudito, un músico; como si sus méritos los ennobleciesen a todos”.
“Algo del judío trata de huir de lo moralmente dudoso, de lo adverso, mezquino y poco intelectual, inherente a todo comercio, a toda actividad puramente mercantil, y aspira a ascender a la esfera más pura, no materialista, del espíritu, como si quisiera, en términos wagnerianos, redimirse a sí mismo, y a toda la raza, de la maldición del dinero”.
“He ahí por qué el afán de riqueza del judaísmo se agota en una familia al cabo de dos o a lo sumo tres generaciones, y precisamente las dinastías más poderosas encuentran a sus hijos mal predispuestos a hacerse cargo de los bancos, las fábricas, los negocios ampliados y prósperos de sus padres. No se debe a una casualidad el que un lord Rothschild llegase a ser ornitólogo, un Warbug, historiador del arte, un Cassirer, filósofo, y un Sassoon, poeta; todos obedecieron al mismo impulso inconsciente de liberarse de lo que un judaísmo estrecho de miras había limitado al mero y frío ganar dinero, y quizás en eso se manifiesta incluso el anhelo secreto de diluirse en la esfera humana común, huyendo de la puramente judía hacia el mundo del espíritu”.
“Decir “Buena” familia significa, pues, algo más que un elemento puramente social que ella misma se otorga con este calificativo; significa un judaísmo que se ha liberado o empieza a liberarse de todos los defectos, las mezquindades y pequeñeces que el gueto le había impuesto, a fuer de adaptarse a otra cultura y, si era posible, a una cultura universal.”
“El hecho de que esa huida al mundo del espíritu a través de una plétora desproporcionada de profesiones intelectuales se tornara después nefasta para el judaísmo, como antes su limitación a los quehaceres materiales, constituye sin duda una de las paradojas eternas del destino judío”.
“En ninguna otra ciudad europea el afán de cultura fue tan apasionado como en Viena. Por aquí habían pasado los Nibelungos, desde aquí iluminó al mundo la constelación de los siete astros inmortales de la música: Gluck, Haydn y Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms y Johann Strauss, aquí confluyeron todas las corrientes de la cultura europea; en la corte, entre la nobleza y entre el pueblo, lo alemán se unía con alianzas de sangre con lo eslavo, lo húngaro, lo español, lo italiano, lo francés y lo flamenco, y el verdadero genio de esta ciudad de la música consistió en refundir armónicamente todos esos contrastes en un elemento nuevo y peculiar: el austríaco, el vienés”.
El tiempo hablará

