Con frecuencia ha señalado que México nunca ha sido derrotado y lo afirmo con pleno conocimiento de causa. Quienes señalan la invasión norteamericana de 1846 y la pérdida de más de la mitad del territorio mexicano con el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, como una derrota de las tropas mexicanas, no han escudriñado los entresijos de la historia en la que queda demostrado que no fue un revés de las tropas mexicanas, sino una traición de su comandante.
En la Memoria Política de México quedó registrada la Acusación contra el general Santa Anna, de Ramón Gamboa, en agosto 27 de 1847: “Señor: Las afecciones de espíritu que me han agobiado, por las desgracias de mi patria, no me han permitido venir del asilo que he tomado en una casa de mi pertenencia en Tlalpam. La circunstancia de hallarme en esa ciudad, me proporcionó palpar por mis ojos la entrada de los norte-americanos, las batallas que se dieron en las lomas de Contreras y Peña-Pobre, y en el puente de Churubusco; y al mismo tiempo los pasos todos y providencias que dio el general Santa Anna; de manera, que pude formar mi juicio y opinión, acabando de convencerme sobre la inaudita maldad con que ha correspondido a su patria dicho general.
“Penetrado de estas convicciones, faltaría a mis deberes si hoy que puedo presentarme en este augusto local, no levantara mi voz volviendo por los derechos de mi adorado país; y en consecuencia hago en toda forma la siguiente acusación, que protesto desenvolver con toda la debida extensión , y sostenerla a todo trance. Acuso, pues, en primer lugar al general Santa Anna por su traición en la batalla de la Angostura. Lo acuso: Por su traición en Cerro Gordo. Por el abandono que hizo de la ciudad de Puebla. Por haber dejado expedito el camino desde Puebla hasta Venta de Córdoba.
“Por su traición dejándoles libre absolutamente el camino de Ayocingo a Tlalpam, sin embargo de que se lo mandé advertir por conducto del Sr. diputado D. Bernardino Alcalde, y por medio de un papel que yo mismo puse en Santa Cruz de las Escobas, el 17 del presente. Por no haber atacado a la primera división del enemigo en el arenal de Tlalpam, y pueblo de Tepepa. Por no haber auxiliado al general Valencia en la batalla del 19. Por el abandono que hizo del fuerte de San Antonio, dejándose flanquear. Por su traición dejando flanquear el puente de Churubusco, y no dar el más mínimo auxilio”.
Pero, quizá el testimonio más contundente de la traición de Santa Ana sea el texto del gran gestor internacionalista de la unidad latinoamericana, el ecuatoriano Manuel Medina Castro, El Gran Despojo, en que señala: “Más de una vez, los propios generales mexicanos trocaron en súbita derrota la inminente victoria de sus tropas. Tal la batalla de La Angostura o de Bellavista -22 y 23 de febrero de 1847.
“El general Taylor estaba encerrado en una garganta cuya salida ocupaba el ejército mexicano. Sin embargo, Santa Ana devolvió 400 prisioneros y abandonó el campo. Más tarde el capitán Blood refirió que él fue comisionado por Taylor, ya completamente derrotado, para ver a Santa Ana y ofrecerle cuatro millones (de dólares en oro). Santa Ana aceptó en el acto y en el acto recibió el dinero. Cierto también que esa tarde llegó la noticia del alzamiento auspiciado por los obispos (a favor del invasor)…
La traición de Santa Ana, que envió una débil defensa al castillo de Chapultepec, y el patriotismo de los cadetes del Heroico Colegio Militar, que ahí tenía su asiento, es diametralmente opuesta. Ante la superioridad del invasor, los jóvenes recibieron la orden de retirada; pero, con el pecho inflamado de gran patriotismo, ellos decidieron enfrentar al enemigo, aunque en ese acto memorable les fuera la vida.
Así ha sido siempre a lo largo de la historia patria, en la que México nunca ha sido derrotado.


