No es fácil ser director (I)

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Después de ver la miniserie de tres capítulos titulada Protagonista: La Vida de José Ramón Fernández, viajé hacia los primeros años de Hora Cero cuando el dueño, Heriberto Deándar Robinson, me había pedido buscar en Monterrey un director editorial para el periódico El Mañana de Reynosa, propiedad -en sociedad- de su padre.

“Tú crees que los directores crecen en los árboles como naranjas o manzanas”, me corrigió cuando me atreví a decirle que conocía varios colegas. Me atajó, me ubicó y me halagó: “¡No Hugo! No es fácil para un dueño hallar uno para ese cargo. Tú eres una excepción”.

La búsqueda duró poco tiempo. Meses después ocupó el puesto Francisco Javier Nava (QEPD), quien había sido mi compañero en El Porvenir en los años ochenta. Uno de los periodistas más completos que conocí: diseñaba páginas, visualizaba portadas y, de pilón, escribía como los mejores.

El ‘señor o jefe Nava’, como muchos del medio lo conocimos, había trabajado en La Prensa de Reynosa tras desligarse de El Porvenir, y desde su puesto fue el dolor de cabeza para los Deándar, porque si bien ese diario no era competencia de El Mañana ni en tiraje, ni en ventas, ni en publicidad, su contenido y su presentación eran de preocupar.

Años antes, en 1998, fui contratado con la tarea y la confianza de Heriberto de prácticamente fundar un periódico, de su única propiedad, desde casi cero: Hora Cero. En febrero había aparecido el primer número quincenal, y mi llegada fue en abril.

El inicio no fue nada fácil, pues tenía que implementar una disciplina que había aprendido en Monterrey, basada en la puntualidad del personal y, sobre todo, la lealtad y el respeto a la empresa.

Muchas mañanas sonaba el teléfono de la recepción sin recepcionista y respondía: “Hora Cero, buenos días, a sus órdenes”. Era ‘Beto’ al otro lado de la bocina quien me preguntaba:

“¿Por qué llegas tan temprano si eres el director? Y le respondía: “Es que no ha llegado nadie”.

Estaba convencido que Hora Cero iba a ser grande un día a partir de la puntualidad del personal, sin diferenciar jerarquías. Esa cualidad, que no es defecto, lo había aprendido de la cultura del trabajo en Nuevo León: en El Porvenir, en El Diario de Monterrey y El Norte donde había sido reportero y editor de secciones.

Cierto, a algunos que dependen del área editorial, y de otras, no les gustaba cómo era de director editorial y no todo fue color de rosa ni en sus inicios, ni a la mitad del camino, ni hasta la fecha.

¿Que si me excedí en implementar una disciplina y una exigencia en mantener la calidad editorial que me había propuesto en Hora Cero? Seguramente sí. Aunque rápido aprendí que debía manejar las dos manos: la mano derecha para reaccionar -con mi carácter quizá duro-, si algo andaba mal y, la mano izquierda, para reconocer y premiar el buen trabajo de los reporteros.

En 27 años como director editorial general, y siete meses como director general adjunto con injerencia en esa área, ‘Beto’ siempre ha respetado mi forma de capitanear su barco.

Sólo una vez me sugirió recapacitar porque iba a despedir a un reportero que, de la nada, se levantó de su cubículo para gritarme sin que hubiera sido yo la causa de su intempestiva reacción: “Ya Hugo, vino conmigo y aceptó su error. Suspéndelo pero no lo corras. Pero allá tú. Voy a respetar tu decisión”.

Aquel reportero, cuyo nombre prefiero no mencionar, sigue en Hora Cero en otra faceta y tuvo, tiene y tendrá todo mi agradecimiento porque su pluma engrandeció a la empresa con reportajes y entrevistas como las imaginé desde 1998.

Quizá la diferencia con el ’señor Nava’, que era tranquilo y nada explosivo, es que él se había incorporado en El Mañana de Reynosa que en ese entonces tenía 60 años, más o menos, de fundado y era el diario líder en la plaza… Y yo tenía una gran responsabilidad, con un carácter diferente para aportar mi conocimiento -suena fantoche decir talento-, para que un día Hora Cero fuera grande, como lo es.
(Continuará…).

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