Otra Semana Santa más donde juramos o más bien, perjuramos que seremos personas distintas, mejores seres humanos, ¿cuántos realmente sienten haber cambiado para bien, desde la pasada temporada como la de ahora? ¿Cuál ha sido su transformación de hace un año, al día de hoy? ¿Cuántos creen ser mejores criaturas del Señor? ¿Cuántos se tornaron más bondadosos?
Si en la misma iglesia o lugar de culto -aplica para todas las religiones- vemos cómo se echan encima el automóvil unos a otros, tratando de ganar el mejor cajón de estacionamiento; ya pie en tierra, hay que apurar el paso, con los codos abiertos, “voy derecho y no me quito” para llegar primero a los mejores lugares, incluso ante la vista de todos, en la fila de la hostia, para ganarle a la vecina o al conocido, demostrando que se es más cristiano que ellos.
Otra Semana Santa, sin haber hecho ningún bien al desconocido enfermo y pobre, sin habernos desprendido de nada para ayudar al semejante visiblemente necesitado, al vecino o al compañero que sabemos que en estos momentos la está pasando difícil.
“¡Que se friegue, pues a mí, nadie me ayudó!”.
No cabe duda, somos los mismos, lo más triste es que parece ser que lo seremos hasta nuestra muerte.
Y aunque cada año digamos que seremos mejores, no es cierto, si así fuera, nuestro pueblo sería diferente, se notaría en el entorno si todos cambiásemos para bien.
Y no culpemos a la maldita violencia, a la desgraciada inseguridad pública, que sin saberlo, o mejor dicho, haciéndonos tontos solos, somos parte de lo que nos aqueja, con nuestra actitud, con nuestra conducta diaria.
UN AÑO MÁS, IGUALES
Sí, es verdad, de acuerdo con nuestras posibilidades económicas, damos el diezmo o la aportación monetaria en el sitio religioso a donde solemos acudir regularmente -casi seguro que muchos van para expiar sus culpas, creen que a cambio de algunas monedas o billetes se ganarán la gloria eterna-, pero ¿en qué hemos cambiado?
Cuando dejemos de “comer” prójimo, habremos cambiado, cuando nuestra mentalidad al abrir los ojos cada día y antes de bajar un pie de la cama, no sea la de joder al que se pueda, este pueblo va a cambiar, todos seremos buenos cristianos y nos irá mejor como comunidad, en todos los aspectos, antes no.
Dijo el obispo de Nuevo Laredo, Enrique Sánchez Martínez, que todos tenemos -y hacerlo todos los días- que luchar por la paz.
¿Usted estimado lector, hace su parte o es de los que todo el santo día trae un hosco semblante y atropella a su paso a los demás, actúa arbitraria y ofensivamente, a diestra y siniestra, en su diario vivir?
Nuestra gente, cada día cree más, que por poner cara de “maldito” y comportarse como auténticos barbajanes, es la mejor estrategia o táctica para sobrevivir un ambiente tan hostil, como es el que permea desde hace muchos años (con todo y su respectiva Semana Santa) en la ciudad.
HAY QUE CAMBIAR
¿No creen ustedes que siendo tan “temidos” todos nosotros, siendo iguales todos los días en nuestro comportamiento ante todos los demás y no haber conseguido cambiar nada, es que algo anda mal?
Si continúa igual o peor, el peligro de la inseguridad, de la delincuencia, ¿no es acaso que estamos rotundamente equivocados y que deberíamos modificar nuestra estrategia?
¿No tendríamos que unirnos más entre todos los buenos?, que por supuesto que somos más que los malos.
Siendo más amables y sinceramente cálidos con quienes podemos aliarnos para estar más protegidos, podría hacer esa
diferencia que tanto anhelamos.
Para combatir estos días tan aciagos, tan feos, todos juntos en comunión con la gente buena, de paz, decente y noble como nosotros, nos iría mejor a todos.
Pero en fin, actuamos como la fuerza del mal desea que lo hagamos.
¡Ah qué equivocados estamos, caray! En verdad que no escarmentamos, seguimos siendo los mismos, pero eso sí, jurando cada Semana Santa, ser mejores cristianos, perjurando que cambiaremos a positiva nuestra condición humana.
Feliz domingo de Resurrección y a ver si resurgimos nosotros también, cada uno.


