Ante un escenario nacional parchado de discursos oportunistas y de relumbrón que pretenden difuminar el fracaso sexenal más aterrador de los últimos años, Felipe Calderón se refugia en el Aniversario del Natalicio de José María Morelos y Pavón, convirtiendo su mensaje en un islote verbal de corte pretoriano que más que dejar buen sabor ciudadano, provoca el asomo a la repugnancia intelectual de quienes, en verdad tienen a la mano los indicadores de la realidad precaria en que el PAN en 12 años, deja sumido a México.
Si es desfile, Calderón presume; si es tragedia, Calderón presume; si se recuerda con tristeza el trágico 19 de septiembre de 1985, también presume; y si Morelos es pretexto, igual.
Es así como el panismo infame, mucho más corrupto que cualquier gobierno federal priísta del pasado, se despide tratando de lavar con detergente discursivo las penas inmensas que la ignorancia, la irresponsabilidad y la ambición de sus ineficaces funcionarios dejan como herencia a lo largo y ancho del país.
En efecto, hay quienes en la comodidad de la distancia ejecutiva podrán pensar que con palabras, spots y discursos se puede todavía, en el ocaso del sexenio de Felipe Calderón, darle a los mexicanos la última dosis de engaño mediático.
En medio de un aberrante subejercicio presupuestario resultante de la discrecionalidad perversa que dejó a miles de familias habitantes de entidades federativas gobernadas por el PRI sin los recursos previamente etiquetados en el Presupuesto de Egresos de la Federación, como fue el caso de Reynosa, Calderón habla de las participaciones federales como si su gobierno no hubiera sido inmoral en ese sentido; aunque la más grave de sus faltas, quizás sea la de la masacre irracional donde miles de inocentes, quedaron tendidos en calles, carreteras, escuelas y centros de estudios superiores del país.
Irse no basta. La historia en sus archivos más recientes, conservará los capítulos espeluznantes de una corrupción que tradujo egoísmo delirante en gobierno imperfecto, errático, injusto, aislado de la opinión pública y de imagen tambaleante.
Y quizás me hubiera podido haber quedado callado, encontrando en la frase popular: “al cabo que ya se van”, un descanso espiritual que me hiciera saborear la paz venidera, pero nada más de oír el discurso dedicado a Morelos, me decidí.
La retórica de este discurso me pareció tan indignante como el contraste entre los comunicados diplomáticos más recientes de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Y fue el contraste lo que me fastidió. Por un lado la indiferencia del gobierno mexicano ante el caso fronterizo de un disparo proveniente de una lancha norteamericana que segó la vida de un hombre que se encontraba con su familia en territorio azteca y por otro, la cortesanía zalamera y arrastrada con que lamentó el incidente en que perdiera la vida un embajador norteamericano.
Lo segundo, no lo censuro, sino que me uno a la indignación; pero si con la misma vehemencia epistolar con que lamentaron el suceso en Egipto, hubieran sacado las uñas para reclamar justicia internacional en el artero asesinato ribereño en contra de un “Don Nadie” mexicano, algo rescatable de la integridad moral de la diplomacia derechista hubiera quedado.
Luego entonces, por esas aristas imperfectas que no supieron pulir ni convertir en equilibrios simétricos binacionales con los Estados Unidos, la historia nacional archiva la actuación bisexenal panista, en el casillero “E” destinado a conservar el anecdotario del Entreguismo.
Que vergüenza para los mexicanos que Calderón, ni para irse de Los Pinos pueda usar la puerta de la dignidad y el decoro; se vá como llegó: a hurtadillas. Y visto está que prefiere fugarse del juicio histórico a través de un cómodo túnel discursivo, teniendo como punto de destino paradisíaco, un salón de clases en University of Texas at Austin… UTA

