Vencer el desánimo

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Para quienes no simpatizamos ni con la ideología, ni con la forma, ni con el fondo del actual gobierno federal, la encuesta de Hora Cero sobre la intención del voto al inicio oficial de las campañas presidenciales debe verse como un vaso lleno hasta la mitad.

Sería por demás ingenuo pensar que el enorme capital político con el que el presidente López llegó al poder se evaporaría por los aires del sexenio, dejando a su heredera agarrada de apenas unos jirones de la bandera morenista para enfrentar la elección más compleja en la historia reciente del país. Eso pasaba antes, cuando el presidente ganaba por poco y gobernaba con menos.

Hoy, el mesianismo predicado a diario desde el púlpito mañanero ha sido fundamental para que el evangelio según Andrés alimente a los creyentes con los salmos del bienestar, la austeridad republicana, los otros datos, el pueblo sabio y la moral superior; todos por supuesto acompañados de becas, subsidios y contratos que, cual maná en el desierto, manifiestan el amor del todopoderoso a sus elegidos y los fortalece en la lucha permanente contra el demonio neoliberal y sus cuatro jinetes del apocalipsis: la prensa, la transparencia, la separación de poderes y la rendición de cuentas.

Después de casi seis años, demasiados balazos y muy pocos abrazos, la candidata oficial arranca con una delantera importante porque el -literal- santo de su devoción sigue siendo venerado por millones de fieles, a los que a diario se les unen conversos que, cuales modernos Judas, traicionan a sus partidos por monedas, posiciones, privilegios o impunidad.

La ventaja de Morena en las encuestas es amplia también por el éxito de la estrategia, la paciencia y la perseverancia del mesías tabasqueño para, como Moisés de Egipto, dividir el país en dos -los que lo aman y los que lo cuestionan- y cruzar el mar del sexenio de la mano de su ungida, quien espera en junio secar las plantas de sus pies depositándolas en tierra prometida.

En una democracia en crecimiento como la mexicana, la presencia de mesías y sacerdotisas tropicales es tan mala como la ausencia de una oposición real, consolidada y congruente. El liderazgo de los tres partidos que van en coalición en el Frente Amplio huele a rancio, por decir lo menos. El PRI sigue siendo la misma cueva de ladrones, el PRD está en respiración artificial y el PAN perdió la brújula desde hace mucho. Movimiento Ciudadano es ya el juguete preferido de Samuel y Mariana, con Dante disfrutando a la distancia.

A pesar de esto, el vaso sigue medio vacío. Xóchitl Gálvez puede llegar a ganar la elección incluso a pesar de sus propios aliados. La evangelización no debe de ser el camino, la verdad y la vida para la candidata opositora. Si quiere ganar la presidencia, Gálvez debe despertar y convencer a los millones de electores aletargados e inconformes con el actual gobierno para que salgan a votar por ella, y no porque sea la reencarnación de María.

Si quiere ganar, Xóchitl no debe ofrecer milagros, multiplicar panes o sanar a los enfermos. Mas bien, la oferta debe ser directa: reclamar los espacios perdidos -desde el parque de la colonia hasta la legitimidad internacional- a causa de la ineficiencia, incompetencia o complicidad de quienes hoy administran México obedeciendo a ciegas “lo que diga su dedito”.

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