Si algo me faltaba en los 62 años que estoy por cumplir en pocos días, es cenar en familia en la Noche Buena y empezar la Navidad… pero ¡A BORDO de un avión cruzando el Océano Atlántico! A punto de subir los dos escalones del sexto piso, admito que he tomado decisiones que, para muchos, pudieran ser de una persona fuera de lo normal; que no descansa y no tiene freno, como ir a reportear a una guerra, bucear no solo en el mar y con su fauna -sino bajo tierra, en la plena oscuridad de las cavernas-, hasta escribir un reportaje que causó la ira de un cártel que me perdonó la vida. Un pecado de pubertad reporteril.
En otras facetas profesionales, en mis más de seis décadas, un día me propuse y toqué la puerta del poderoso dueño de Multimedios, don Francisco González, para cruzar el charco y ser enviado especial al Mundial de Futbol de Italia 90, sin México en la cancha, con un éxito de cobertura periodística y comercial. La empresa ingresó 400 millones de viejos pesos en publicidad. Tenía 27 años. Después, en 1995, hice los que pocos o nadie se había atrevido a hacer: renunciar como reportero de El Norte para no permitir que pisotearan y ensuciaran mi limpia trayectoria. Tenía 32 años. En 1998 asumí el más grande reto que he tenido, no como reportero sino como director editorial: aportar mi experiencia para fundar Hora Cero Tamaulipas. Y luego desembarcamos en la difícil y competida plaza de Nuevo León. Tenía 35 años. Y hace casi diez años, junto con Heriberto Deándar, fundamos una de las compañías de investigación más certeras de México: Hora Cero Encuestas. Me gusta viajar no importa las fechas festivas, porque considero que ver otros mundos, escuchar y batallar con otros idiomas, y pisar donde se escribió la historia de la humanidad, es una inversión y enseñanza para los hijos. Ese camino me lo trazó mi papá don Marcos y mi hija mayor, Andrea, lo vivió. En otros 24, 25 o 31 de diciembre he estado cenando -cansado después de recorrer por horas calles y salas de museos-, un pedazo de pizza o una hamburguesa en un restaurante o en un cuarto de un hotel en Berlín, Nueva York, Londres. París o Roma, sin olvidar la infaltable llamada a mis padres deseándoles felices fiestas. Pero a ese niño ya grandecito le faltaba algo: ver a Santa Clos en su trineo y sus renos -cargado de regalos en su grande costal rojo-, cruzar de Europa a América. “¡Y se los juro, lo vimos!, siempre iluminado en su trayecto por una estrella fugaz. Son pasadas las seis de la mañana del 25 de diciembre de 2025, y a punto de aterrizar en el aeropuerto Heathrow de Londres Héctor Hugo, Marco Sebastián, Paola y quien escribe les deseamos una “¡Feliz Navidad!”.


