Hubo más lesionados (33) y por ende más violencia en el estadio de San Luis Potosí, que en Culiacán, la que empezó en las gradas en donde los alucinados se dieron a llenar, mientras que en los vestidores los jugadores hacían otro tanto y todo por un juego de la rascuache liga mexicana de soccer, aunque desde luego no hay comparación en la trascendencia entre uno y otro episodio.
Sin embargo, ambos hechos son graves sobre todo el de Culiacán, pues deja de manifiesto la vulnerabilidad del gobierno mexicano ante la delincuencia organizada, que recurrió a la coacción respaldada por la violencia para liberar al hijo de el chapo, que tras ese antecedente mortifica que lo de Culiacán sea el advenimiento del terrorismo, algo para lo que los civiles no están preparados para tomar decisiones.
En consecuencia, perturba la posibilidad de que se sigan repitiendo hechos y decisiones como los de Culiacán, porque las autoridades castrenses con todo y lo institucional también tienen un límite, es obvio que no querrán cargar permanentemente con el desdoro a causa de equivocaciones y miedo a la responsabilidad de las autoridades civiles.
Lo anterior nos podría llevar a una situación que mejor ni pensar en ella, pero me recuerda el episodio de 1968, en el que el presidente Gustavo Díaz Ordaz, con todo y su fama de autoritario estuvo a punto de quebrarse ante la decisión que habría de tomar. Lo de hoy, no son estudiantes que por muy violentos que sean no se comparan con la delincuencia que ya vimos toma en un santiamén ciudades enteras.
En síntesis: ojalá el episodio de Culiacán quede como un hecho aislado, pero independientemente de ello las autoridades civiles deben irse preparando para adoptar decisiones graves, pues sino lo hacen otros lo harán y terminarán constreñidos a la participación en festividades y actos administrativos.


