Como pude intenté esconder el pie, mientras caminaba hacia el salón. Sentía las miradas y señalamientos sobre mi zapatilla derecha que tenía mal puesta la tapa por no lograr adherirla con pegamento escolar.
Fue por esa necesidad que me vi empujada a pedir trabajo en casa de mi abuelita, porque cuando solicité en casa me dijeron que no había presupuesto para un par nuevo.
En su momento fue algo demasiado vergonzoso, pero hoy me siento orgullosa que con tan solo doce años conseguí un trabajo para poder comprar mi propio calzado.
En casa de mi abuela materna, una de mis tías más pequeñas, la segunda, tenía un puesto de tacos y necesitaba ayuda.
Me ofrecieron lavar trastes de la casa y del negocio como el tronco grasoso donde cortaban la carne, barrer y trapear toda la casa.
Esa actividad la realizaba al salir de la secundaria, así que para ahorrar, también caminaba a casa de mi abuelita al menos un par de kilómetros y después también de regreso a casa o alguna otra actividad como jugar basket bol o después ir de colaboradora al canal local.
En una de las vueltas al centro de Cadereyta, en el aparador vi unos zapatos de piel con un poco de plataforma.
Entré a preguntar y me comentaron que se podían separar, así que me enfoqué y trabajé con ese en mente.
Tuve un mes para juntar menos de 300 pesos y entonces en varios abonos, los conseguí reuniendo a veces 30 pesos o 50, según lo que me dieran diario.
A partir de esa circunstancia mi visón del mundo cambió: supe el valor de las cosas y el camino para lograrlas: el trabajo constante.
Hoy les platico esa historia a mis hijos, porque aunque ellos no tienen que pasar por esas necesidades, ya que les facilitamos todo, deben entender, valorar nuestros esfuerzos y razones.


