México, D.F.-
Este es un adelanto de la nueva novela del autor colombiano, Santiago Gamboa, quien visita México para participar en el “Hay Festival Xalapa”.
La historia que quiero escribir, la que ahora me dispongo a contar –esto que recuerdo y ordeno en Bangkok–, ocurrió en una extraña época de mi vida.
Por esos años trabajaba en el servicio diplomático y hacía poco vivía en Nueva Delhi, una ciudad que para un latinoamericano no era nada convencional y, por eso, al menos así lo creía yo, exigía un cierto talante aventurero. Era lo que pensaba en esos días. Había pasado demasiado tiempo en Europa, ¡veinticuatro años!, diciéndome que si en verdad hubiera sido alguien osado –como quería e incluso creía ser– debería haberme ido a vivir hacía mucho a lugares más fieros y lejanos como Pekín, Yakarta o Nairobi.
Tras un largo periodo de formación, búsqueda de estabilidad y logro de un cierto nivel de flotación, ya estaba listo para salir, perderme y perder lo adquirido o cambiarlo por experiencias nuevas. Por eso cuando se me propuso el cargo de consejero, encargado de funciones consulares en la embajada de mi país en India, no lo dudé ni un segundo y me preparé para abandonar el Continente Triste.
Al llegar a Delhi, viendo la holgura en la que vivían los extranjeros –incluyendo los diplomáticos de nuestros países vecinos–, me las prometí muy felices, pero la ilusión duró hasta conocer el sueldo de mi cargo –cifra que el decoro me impide precisar, como diría Julio Ramón Ribeyro–, el cual no permitía ni soñar con las tradicionales zonas de expatriados como Vasant Vihar, Sundar Nagar o Nizzamudin East, y por ello debí ir a un lugar más económico, Jangpura Extention, un barrio de clase media que al principio me pareció polvoriento y algo tremebundo y, al final, como suele suceder, acabé queriendo. Uno se acostumbra a todo, incluso al hecho de que a doscientos metros de su casa haya una esquina repleta de ruidosos rickshaws, perros dormidos, taxis destartalados, un infecto orinal con nubes de zancudos y friterías de calle que parecían fábricas de tifo o disentería.
Las oficinas de la embajada estaban en Vasant Vihar, un barrio rico aunque repleto de polvo y con el inconveniente de estar justo debajo de la línea de descenso de los aviones que van al aeropuerto internacional Indira Gandhi, con lo cual cada tres minutos era necesario gritar para hacerse oír dentro de una habitación.
Y esto no era todo: el frente del edificio daba a la Olof Palme Marg, en la cual, durante un tiempo demencialmente largo, bulldozers y grúas construyeron un puente –llamado flyover en inglés de India– produciendo montañas de polvo, ruido de taladros y terroríficos olores a cañería, sin hablar de los trancones. El paroxismo llegó una tarde en que, tal vez por las excavaciones para echar los cimientos, una serpiente de dos metros y quince centímetros de diámetro atravesó la Olof Palme Marg y llegó a las puertas de la embajada, donde murió herida por las ruedas de un camión, cuyo chofer, por cierto, se detuvo y lloró agarrándose la cabeza con las dos manos, pues en India toda expresión de la vida es sagrada.
En el segundo piso estaba mi oficina, con vista a los jardines de una empolvada residencia que era la embajada del emirato árabe de Bahrein; cada vez que miraba por la ventana o salía a mi portentoso balcón veía a dos guardias y a un perro dormitar en las garitas de seguridad, y un poco más allá, sobre la calle, grupos de mujeres en sari llevando ladrillos en cestas, sobre sus cabezas, a una obra vecina, donde trabajaban sus maridos y jugaban sus hijos, entre escombros y tierra.

