Por los vergonzosos hechos en el Centro de Readaptación Social de Apodaca, Nuevo León, no solamente deberían exhibir en portada de los medios a los 30 fugados, sino a los servidores públicos que permitieron que los integrantes del crimen organizado salieran por la puerta grande.
Una vez que la Procuraduría General de Justicia del Estado confirmó que 40 personas, entre ellos el director, subdirector, jefe de seguridad y custodios, facilitaron la escandalosa fuga, sus rostros también deberían de aparecer para que la opinión pública sepa de ellos.
Tal culpable es “el que mata la vaca como el que le detiene la pata”, reza un refrán popular mexicano, bien aplicado a todos los actores partícipes en la jornada violenta que se registró el domingo pasado en el penal de Apodaca donde murieron 44 reos, integrantes de una banda rival al grupo que escapó.
Vergüenza debería darle al gobernador de Nuevo León, Rodrigo Medina de la Cruz, porque no ha podido pacificar a su Estado, y por ello organismos privados y partidos de oposición piden deje su cargo “porque no puede con el paquete”.
Si bien es cierto que el Ejecutivo estatal ha hecho su esfuerzo para civilizar a las corporaciones policiacas, la ‘papa caliente’ que heredó de su antecesor (un Estado extremadamente violento), en su gestión la inseguridad ha alcanzado niveles inimaginables.
A casi tres años de tomar posesión, ya se pide la renuncia de Medina de la Cruz. Hasta se menciona que si su amigo Enrique Peña Nieto gana la presidencia de la República, su destino sería un puesto de mediano nivel en el gobierno federal.
“Defenderé a Nuevo León hasta con mi vida”, fue uno de los slogans de campaña cuando Medina de la Cruz fue electo gobernador.
Y es tiempo para que lo demuestre. Mientras, el primero de julio, en las urnas, será el mejor termómetro sobre qué piensan los neoleoneses sobre su gobernador.

