La caída del Muro de Berlín en 1989 no solo simbolizó el fin de la Guerra Fría, sino que reconfiguró el mapa ideológico del mundo. Un año después, en 1990, un grupo de líderes de izquierda latinoamericanos, encabezados por Fidel Castro Ruz, se reunió en el Foro de São Paulo, Brasil, con un objetivo claro: articular una estrategia común para impulsar la ideología de izquierda socialista en la región.
A partir de ahí y de manera gradual, los comicios en el cono sur del continente comenzaron a virar a la izquierda, o centroizquierda. Fue así que emergieron gobernantes afines a esa ideología en Brasil, Venezuela, Uruguay, Chile, Ecuador, Bolivia, Perú, Paraguay, Argentina y finalmente, México, en 2018, de la mano de López Obrador.
Sin embargo, la historia política rara vez es lineal. En los últimos años, la tendencia se ha revertido con la misma fuerza con la que llegó. El hartazgo social y la polarización han dado paso a una nueva vuelta a la derecha en el continente, que se manifiesta en las urnas como un voto de castigo más que como una conversión ideológica.
Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Perú y el reciente triunfo de Abelardo Espriella en Colombia, demuestran que este fenómeno no se explica por un cambio en la ideología de la gente; no se es de izquierda y al día siguiente de derecha extrema; los habitantes se decepcionan por la falta de resultados económicos, la corrupción de sus gobernantes y la creciente inseguridad que los gobiernos de izquierda propiciaron.
No obstante, la ideología no gobierna; lo hacen las personas y sus políticas. La historia reciente demuestra que los gobiernos pragmáticos, sin importar su etiqueta de izquierda o derecha, son los que realmente logran beneficiar a la población. Cuando un gobierno se contamina con la corrupción, estanca la economía o falla en garantizar la seguridad, los electores, cansados, toman las medidas que consideran necesarias para corregir el rumbo.
La derecha está de regreso en América Latina. No sabemos por cuánto tiempo, pero una cosa es segura; si no logran traducir su discurso en resultados concretos, su regreso podría ser tan fugaz como el ciclo que los precedió.
El poder no se retiene con promesas, sino con hechos; y el electorado latinoamericano ha demostrado que ya no tiene paciencia para esperar.


