Durango, Dgo.-
Mediodía en la sierra de Durango, el sol cae a plomo sobre la polvorienta calle principal de este pueblo de casas de madera y adobe. Una ligera brisa que pasa por aquí sólo sirve para levantar una nube de tierra que no molesta al hombre de gabardina y sombrero negro, que enciende un cigarrillo mientras espera en medio de la vía.
De una vieja casa adornada con un letrero donde se lee: “Sheriff”, emerge otro personaje, quien porta un sobrero color crema y en cuyo pecho puede observarse una estrella de metal de cinco puntas que, a juzgar por el óxido, ha visto mejores días.
Con paso lento, el del sombrero claro se coloca en medio de la calle, sin retirarle la mirada al hombre de negro que lo estaba esperando. No cruzan palabras, saben que no es necesario.
Haciendo gala de una increíble velocidad de manos, ambos desenfundan los Colts calibre .44 que portan en sus pistoleras de cuero. Un disparo que suena como un trueno rompe el silencio que reina en el pueblo y que no es perturbado más que por un ligero silbido del viento pasando.
Durante un par de segundos, el tiempo parece detenerse. Ambos hombres, pistola en mano, permanecen inmóviles hasta que el de negro se dobla y cae muerto sobre la polvosa calle.
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