Renuncia de Benedicto XVI: crónica de una noticia histórica

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Ciudad del Vaticano.-
Con voz ronca y rostro casi inexpresivo Benedicto XVI renunció al pontificado. Así, sin anuncios en gran estilo. Ni siquiera allí, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico del Vaticano, todos los presentes comprendieron el sentido de sus palabras.

Eran la mañana de una jornada cualquiera. En un lunes como tantos otros, feriado vaticano por los Tratados de Letrán, Joseph Ratzinger sembró una dimisión y cosechó el estupor mundial. Apenas un puñado de cardenales, obispos, clérigos y periodistas seguimos ese momento en tiempo real.

Aquel 11 de febrero de 2013 el día era particularmente tranquilo en el buró de prensa de la Santa Sede (la Sala Stampa, como se le conoce). Afuera, el cielo gris cubría la Basílica de San Pedro. Un simbólico presagio del estupor que se avecinaba.

En el ingreso de la oficina vaticana Francesco Antinori, un corpulento y simpático ujier, conversaba con Giuseppe Rusconi, periodista suizo en busca de consensos para la presentación de su libro sobre el aporte económico de la Iglesia católica a Italia.

Adentro, en la sala común, los pocos presentes revisaban la prensa de la mañana. En su cubículo el gentil Hiroshi Miyahira, del grupo editorial “The Kosei Publish Company”, ojeaba un periódico.

Giovanna Chirri, vaticanista de la agencia italiana Ansa realizaba búsquedas en su computadora, y Charles de Peyperrault, de la francesa I.Media, comenzaba su turno.

Poco después de las 11 apareció el primer detalle poco usual. El circuito cerrado del Centro Televisivo Vaticano comenzó a transmitir, en vivo, las imágenes del Consistorio Ordinario Público presidido por el Papa. Un signo realmente extraño, al cual no dimos mayor importancia.

Las cámaras sólo ofrecían planos cerrados, una transmisión institucional. Al fin y al cabo se trataba de una reunión más, relativa al gobierno de la Iglesia. Una actividad de agenda.

Según lo previsto, el encuentro había sido convocado para poner fecha de canonización a varios nuevos santos: entre ellos la mexicana María Guadalupe García Zavala (1878-1963), cofundadora de la Congregación de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres.

Durante gran parte del Consistorio acaparó el micrófono el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Desde el centro de la sala leyó en latín las biografías de los tres beatos.

Presentó sus causas ante el pontífice y le solicitó el establecimiento de la fecha para la ceremonia de su canonización. Tras pronunciar varias fórmulas eclesiásticas, Benedicto XVI indicó: el 12 de mayo.

Mientras tanto, sentados en filas de sillas apoyadas contra los muros, los clérigos presentes seguían las acciones de una reunión de Curia más. No eran sólo cardenales. Al encuentro habían sido convocados otros personajes de la Curia Romana.

Desconocían desde el principio el motivo de la invitación, a la cual respondieron de todas maneras. Algunos especulaban con el inminente anuncio de la declaración como santo del beato Juan Pablo II. La realidad era otra.

Terminado el rito del Consistorio, todos esperaban la bendición final del Papa. Pero Guido Marini, el maestro de las ceremonia pontificias, interrumpió el natural devenir del acto. Tomó una hoja blanca de papel y se la acercó a Joseph Ratzinger, quien comenzó a dar lectura al texto de su renuncia.

Sentado en el trono, con su esclavina roja de borde blanco y su estola pontificia, de ribetes dorados. Sus anteojos sobre la nariz.

En la sala de prensa las imágenes registraron ese extraño fuera de programa. Los presentes no llegábamos a comprender el exacto sentido de aquellas palabras. Benedicto XVI leyó de corrido, con una entonación escolástica. Una tras otras las frases resonaron en la sala.

Primero: “meas ingraviscente etatem” y “non iam aptas esse”. “Mi avanzada edad” y “no tengo la capacidad”. Luego: “commissum renuntiare”. Mientras trataba de comprender Charles me tomó el brazo para decirme, con voz sorprendida: “il Papa si è dimesso?”.

Una pregunta imposible: “¿Renunció el Papa?”. Me giré e instintivamente le respondí: “No, non credo…”. Transcurrieron escasos segundos y Giovanna Chirri gritó desde su cubículo, a menos de dos metros de distancia: “Ragazzi, il Papa si è dimesso”.

Lo decía con un dejo de duda, de incredulidad, como quien busca una reafirmación: “Muchachos, el Papa dimitió”. Salté de la silla y sólo atiné a solicitarle: “Llama al padre Lombardi”. Pero el portavoz vaticano, Federico Lombardi, no estaba presente en la oficina. Ella me lo hizo notar.

Pero inmediatamente tomó su celular, discó y se escuchó: “Padre Lombardi, ¿Es verdad? Desde el 28 de febrero”. La noticia estaba confirmada.

Con una descarga de adrenalina sólo comparable con una inyección resucitadora me precipité sobre la computadora y escribí: “Renuncia el Papa”. Apenas terminé de digitar esas tres palabras y automáticamente me parecieron escasas para englobar dentro de sí la magnitud de aquella noticia.

El tiempo apremiaba y la lucidez no era precisamente mi estado mental. Opté por “Renuncia Benedicto XVI al pontificado”.

Así mandé el despacho urgente a la redacción en la Ciudad de México de Notimex, desde donde sería transmitido a todos los abonados de la agencia en México, el sur de Estados Unidos y América Latina.

Ni bien apreté la tecla “enter” oí a Giovanna colgar su teléfono fijo y romper en un llanto desconsolado: “Per ché si è dimesso?”. Apenas pudo balbucear las palabras que pasaban por la mente de quienes habíamos asistido a tamaño balde de agua fría: “¿Por qué renunció?”.

Eran las 11:46. Un colega de la RAI apenas llegado, Gianpaolo Iorio, abrazó a la vaticanista. Intentó calmarla. Otra persona preguntó qué ocurría.

Respondí con un grito seco: “¡Renunció!¡El Papa renunció!”. Lo dije pero aún no lo creía. Lo sabía pero aún no aprehendía el concepto.

Sólo atiné a escribir en Twitter: “URGENTE: El Papa acaba de renunciar al pontificado”. Habían pasado cuatro minutos. El reloj marcaba las 11:50. Era el primer mensaje que anunciaba la clamorosa noticia de la dimisión de Ratzinger en esa red social.

La reacción fue inmediata. Los tuiteros desconcertados desconfiaban de la información. Pedían explicaciones. Por eso, mandé un segundo tuit: “URGENTE: de manera sorpresiva el Papa renunció a su puesto de Papa”.

Y un tercero, con espíritu masoquista: “URGENTE: de manera sorpresiva Benedicto XVI renunció a su puesto de Papa, a partir del 28 de febrero / es verdad”.

A esa hora el despacho urgente de Notimex ya estaba en línea. Con un telegráfico primer párrafo: “El Papa Benedicto XVI decidió hoy de manera sorpresiva presentar su renuncia al pontificado a partir del próximo 28 de febrero, durante un Consistorio Ordinario que celebró ante cardenales de la Curia Romana”.

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