De entrada debo confesar que pertenezco a una generación en la que cuando nos portábamos mal, como cualquier chamaco que se jacte de serlo, nos exponíamos a recibir una fuerte nalgada, un pellizco, jalón de patilla, “chanclazo” o, cuando la falta era muy grave, un par de cinturonazos.
Por ello me atrevo a asegurar que el 99.9 por ciento de las personas de entre 20 y 100 años tienen alguna historia de sus padres, tíos o abuelos que les dieron un buen correctivo físico. Es más, no conozco a nadie que no agradezca esa “buena chinga” que les dieron en su momento.
Vivimos una época donde toda la sociedad se ha vuelto delicada, de cristal; se ofende por todo y arma un escándalo por cualquier nimiedad.
El problema es que los políticos, siendo políticos, no pueden evitar caer en la tentación de reaccionar de acuerdo al escandalito de moda, desgraciadamente cuando lo hacen toman decisiones lamentables.
En Nuevo León un enfermo mató a un bebé a patadas quesque porque lo estaba corrigiendo. Queda claro que nadie en su santo junio está de acuerdo que 10 patadas son un método adecuado para solucionar un berrinche o sancionar una travesura, por más grave que haya sido.
Como el tema levantó la indignación de la sociedad -como debe de suceder-, unas legisladoras locales del PRI y el PAN tuvieron la brillante idea de proponer que los padres que corrijan a sus hijos con nalgadas, pellizcos o chanclazos sean sancionados y enviados a terapia.
Entiendo el espíritu de la ley: ningún niño debe de crecer con abuso físico, sin embargo en el caso de las legisladoras tomaron una buena idea y la ejecutaron pésimamente, por decirlo de forma amable.
Hubo voces que señalaron lo obvio: si estas diputadas andan proponiendo estas cosas es porque no tienen la menor idea de lo complicado que es para cualquier padre lidiar con una personita de 5 años.
¿Y por qué habrían de saberlo? Cuentan con los recursos económicos para contratar niñeros y choferes quienes son los que realmente conviven con sus hijos… si es que los tienen.
Eso no tiene nada de malo, cada quien es libre de alegar que está muy ocupado y contratar ayuda para desligarse de sus hijos; el problema es cuando creen que esta realidad es la que impera en México y quieren obligarnos por la vía legal a vivir bajo sus estándares.
Si lo pensamos tantito eso es clasismo, así de fácil, así de sencillo.
Lo triste es que la idea no es nueva. El Senado aprobó esta legislación hace meses y quien defendió la idea fue ni más ni menos que Josefina Vázquez Mota… el mismo genio que escribió aquello de “Dios Mío Hazme Viuda Por Favor”.
Alguien debería decirle a estos legisladores que en México y Nuevo León existen temas mucho más importantes que necesitan su intervención. Ahí está el medio ambiente, el transporte público, la asignación de sueldos a los funcionarios de gobierno, las reformas a la Ley de Amparo.
Pero claro, meterse en esos temas es meterse con grupos que sí muerden, que sí se van a defender y sí van a dañar la carrera política de estas legisladoras.
Por eso mejor van contra los pobres papás de un huerco desmadroso quien sin ninguna pena te arma un berrinche en medio del pasillo de cereales y galletas o, en el peor de los casos, agarra a patadas a su mamá sabiendo que no le va a pasar nada.
Ese es el nivel de nuestros legisladores.

