Cuando Alejandro III, “El Magno”, de Macedonia murió tenía 32 años y pico, en el siglo III antes de Cristo, y fue inmortalizado por la cantidad de territorios que conquistó en muy pocos años. No se estima con certeza la cantidad de muertos que requirió para ser tan “magno”, y eso que sólo fue “magno” y no “epidémico”.
Sea cual fuere la cantidad de almas que cargaba en su alforja, el joven guerrero creó un imperio que ni siquiera pudo disfrutar porque murió joven. Se ha dicho que murió envenenado, pero nadie puede asegurarlo.
Me llama la atención que Plutarco de Queronea mencionara algunos hechos curiosos sobre Alejandro en sus Vidas Paralelas. Durante la campaña en Egipto, las tropas del hijo de Filipo II de Macedonia tuvieron una ayuda singular: parvadas de cuervos ayudaron a guiar a las tropas y a concentrar a los que se dispersaban.
Los amables cuervos egipcios fueron determinantes en su campaña en África.
Poco después, cuando Alejandro llegó triunfal frente a las murallas de Babilonia, vio en el cielo también parvadas de cuervos pero esta vez se comportaban de una forma muy extraña, peleaban y caían agonizantes a sus pies. Aunque para todos fue un mal augurio, a don Alejandro le valió un sorbete persa, tomó posesión de la ciudad, y siguió con sus campañas militares hasta llegar a La India. A su regreso a Babilonia, más derrotado que victorioso, el chamaco… ¡murió!
No quiero tratar ver más allá de lo evidente (la muerte es inobjetable y no tengo la Espada del Augurio), pero me llama la atención que cuando se desató la epidemia del VON (Virus del Oeste del Nilo), los pájaros se comportaban también de forma extraña y morían. Esto fue noticia en 1999, en Nueva York. Luego se declaró la epidemia en humanos. Alejandro III, todo “magno” él, rey de Macedonia, Asia, Persia y Media, faraón de Egipto, líder de las repúblicas de Gracia, tal vez pudo ser derrotado finalmente por un minúsculo virus.
Los virus, bacterias y otros bichos micro/mini orgánicos, han demostrado ser más persistentes que la propia humanidad. ¡Hasta los dinosaurios tuvieron sus “gripitas” (dirían Trump y su caricatura carioca Bolsonaro) pero fatales! Y los virus, ni vivos ni inertes, son más viejos y listos que cualquier forma de vida organizada. Esto parece ciencia ficción, pero los virus no tratan de aniquilarnos sino, como nosotros mismos, sólo quieren permanecer. No pueden hacerlo por sí mismos, así que buscan un huésped. Su reproducción es sumamente inteligente, porque despliegan su información genética para incluirla y prevalecer en la nuestra. Sí, somos un enorme reservorio de estos bichos que no quieren matarnos o ellos también morirían.
Acumulamos en nuestra memoria genética casi todas las enfermedades inducidas por microorganismos que han existido en hombres y animales. Memoria, pero no siempre defensas.
Nuestra inteligencia nos ha hecho presuntos “reyes de la Creación”, pero en la práctica somos más bien sus esclavos. Los virus, sin inteligencia, con información genética pero sin vida, han existido durante milenios. En tanto nosotros somos lentos para evolucionar y adaptarnos, ellos, sin “inteligencia”, mutan sólo cuando es necesario y con la rapidez y velocidad pertinentes, no más, no menos. Microscópicos y estáticos, son capaces de movilizarse a través de aves, reptiles, insectos, peces, mamíferos, plantas, agua, tierra, viento. Llegan en una herida, en una caricia, en un bocado, en un trago, en un suspiro.
Sí, aunque no sea su propósito, matan a muchos, pero como en cualquier manada sólo a los más débiles. Los fuertes asimilarán esa simbiosis y seguirán adelante. Lo que me lleva a preguntarme, y esto no es un tema político (nada más), ¿qué y quiénes nos han hecho tan débiles? ¿Por qué, para qué? Neta. Los virus no tratan de matarnos, sólo tratan de vivir en nosotros. Morimos porque no somos capaces de asimilarlos, no somos tan fuertes como ellos.
Pienso en esto después de comerme unas papas de bolsita (las que Jardiel Poncela decía que “saben a hojas secas”), doy un trago a un refresco negro, gaseoso y “sin azúcar”, y acerco un “rico pastelito”, también de bolsita, cubierto de algo parecido al chocolate y relleno de una crema dulce inidentificable y algo que sabe, no sé si lo sea, a mermelada de… algo.
Entonces leo a alguien furibundo porque la epidemia en México no terminó el 24 de junio. Y leo a la multitud babosa en redes empieza a afilar hoces y horquillas para ir contra los estrategas (nacionales e internacionales) en esta pandemia. Y veo que la batalla no es hoy, y no ha sido nunca contra las enfermedades sino contra nosotros mismos. Lo que me recuerda una frase de Leonor de Aquitania, no sé si de
“El león en invierno” o de alguna crónica donde sentencia algo así como: nosotros somos el origen de la guerra.
Por cierto, los virus no pelean. La guerra la inventamos nosotros, no les echemos la culpa de nuestra estupidez. Y si tuviera la oportunidad de cruzar unas palabras con don Alejandro Magno le diría: ¿”Nada mas a ti se te ocurre salir de casa y tratar de conquistar al mundo sin cubrebocas?, ¡burro!”.


