Se dice que esta enfermedad que azota a la humanidad, mata por asfixia. Y sí, nos ahoga de muchas formas, aunque la más elemental es de carácter respiratorio, esta pandemia nos ahoga y nos estrangula de otras maneras también.
Nos confronta con la falta de posibilidades para disfrutar de la vida, se nos pierde de pronto la alegría de existir, nos sofocan las deudas, nos constriñe la falta de ingresos, nos aplasta la larguera del día inútil e improductivo, nos atragantan los problemas, nos hunden las preocupaciones y nos agobian las noches de interminable insomnio y nos aprietan los muros de nuestros hogares convertidos en trincheras.
Nos fatiga la idea de vernos atrapados en relaciones estériles en las que se ha agotado la conversación y la convivencia nos estrangula la abulia, el aburrimieto y la apatía.… y nos abruman esos trabajos a distancia que solo evidencian cuán innececearios somos y cuán indiferente le es al mundo nuestra precria existencia.
Las ventanas aunque abiertas, ya no ventilan el aire rancio del encierro. Se dice que la enfermedad de esta pandemia mata por asfixia, y sí. Piensas en salir y te preguntas ¿A dónde? ¿Para qué? ¿Con quién?, pero no encontramos respuestas que justifiquen la riesgos intención.
En efecto, el Covid-19 mata por asfixia… ¿Y que nos queda? Solo nadar “de muerito”, flotar mientras el cuerpo lo soporte, evitar a toda costa el pánico que produce la desesperación, aguantar para mantenernos a flote sin luchar contra las olas hasta que estas mismas nos arrastren hasta la playa.
Este virus mata por asfixia… pero hay muchas formas de asfixia para las que no existe un respirador mecánico que pueda paliar nuestra vulnerable condición. La asfixia económica, la social, la emocional, la vivencial y existencial… n un mundo en el que nadie nació con guajes para nadar.


