En varias ocasiones me han acusado de que es pose, un falso nacionalismo disfrazado de orgullo tricolor. La neta me vale.
Lo que es cierto es que, al igual que cómo le sucedía a mi padre (Dios te tenga en su Santa Gloria, Licenciado), me cae muy gordo cruzar a Estados Unidos en vehículo.
Mi molestia aumenta cuando, por trabajo o vacaciones, he viajado a la Unión Americana en avión; ahí sí nadie te molesta, no hay quien te vea feo, el permiso te lo entregan sin revisar el alterón de recibos, comprobantes de domicilio, estados de cuenta, acta de bautismo y hasta el certificado de vacunación.
Me cae mal cruzar a Estados Unidos en auto o a pie porque no le encuentro sentido perder dos o tres horas de mi vida en un puente convertido en estacionamiento para viajar a una ciudad donde, básicamente, me voy a gastar el poco dinero que tengo.
Si a eso le agregamos que el 95 por ciento de las tiendas, restaurantes y productos que ofrecen en McAllen ya los puedo encontrar en Monterrey o, más recientemente, en alguna de las muchas plataformas de compras digitales, entonces la pregunta: “¿qué sentido tiene?”, se vuelve más lógica.
Además, está lo mal que me cae soportar la actitud “perdonavidas” de los aduaneros gringos quienes, al saber que tienen la autoridad para cancelarle la visa a quien los haya visto chueco, te tratan como delincuente (“Chilindrina”, la porra te saluda).
Este odio a los mexicanos (las cosas por su nombre), no es exclusivo de los aduaneros, está bien arraigado en el corazón de muchos norteamericanos, quienes nos ven como seres inferiores, delincuentes, limosneros, un peligro para su estilo de vida.
Recuerdo como si fuera ayer que para un reportaje sobre las largas filas en los puentes entrevisté a un vocero de la Cámara de Comercio de McAllen quien, en una muestra de soberbia que me dejó atónito, me dijo que los compradores mexicanos apenas representan el 25 por ciento del total de las ventas en esa ciudad, que los Dillards´, WalMarts´ y Targets´ podían vivir perfectamente con el consumo local.
Claro, eran los tiempos previos al Coronavirus, cuando no había ninguna circunstancia que prohibiera a los mexicanos cambiar la frontera, cuando soportábamos felices el tiempo perdido, los malos tratos, las malas caras.
No puedo evitar reír un poco cuando ahora, que se cumplen seis meses de cierre de fronteras, el comercio del valle de Texas llora lágrimas de sangre clamando a su gobierno que permita el regreso de los compradores mexicanos, pues están al borde del colapso económico.
Medio año de golpes donde realmente les duele (obvio: el bolsillo), fueron suficientes para doblar su soberbia, su orgullo, su odio a la raza de bronce.
Ahora sí nos extrañan.
Ahora sí somos importantes.
Los últimos reportes indican que las cosas no van a variar pues, si bien les va a los texanos, los mexicanos con visa no podrán cruzar a Estados Unidos hasta noviembre.
Los lamentos se escuchan hasta este lado de la frontera.
¿Me da gusto que sufran? No puedo decir que lo lamento.
Además, esta es una oportunidad para reactivar la economía nacional, que los millones de dólares que se gastaban en una tierra extranjera ahora se queden en comercios mexicanos que necesitan de esos ingresos.
Ya para finalizar debo reconocer que no he sido totalmente sincero. Sí existen dos cosas que extraño de McAllen: el buffet de House of China y las hamburguesas del Wally Bangers.
Cuando estos negocios se instalen en Monterrey, los aduaneros pueden tomar mi visa, enrollarla y (como diría el gran Tuco) les daré una buena idea de dónde pueden ponerla.
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