Hemos aprendido que las comorbilidades son enfermedades y/o condiciones físicas pre-existentes que empeoran -en ocasiones hasta un punto fatal- el cuadro clínico de un paciente. Particularmente en el caso del Covid-19, las comorbilidades tales como la hipertensión, la diabetes, la obesidad, el tabaquismo y otras, juegan un papel importante en la gravedad con la que se presenta este mal causado por el coronavirus.
Pero del mismo modo en que las comorbilidades individuales ponen en mayor riesgo la capacidad de supervivencia de una persona infectada por el Covid-19; las comorbilidades sociales ponen en mayor riesgo la vida de una comunidad.
Sin embargo, poco se habla de ciertas actitudes y conductas sociales en términos de comorbilidad.
Las comorbilidades sociales que en mucho empeoran el cuadro de salubridad de una comunidad son de índole cultural, política, económica y moral. Sus efectos nocivos se ven reflejados día a día en los índices y estadísticas desalentadores. La indiferencia, la irresponsabilidad, la ignorancia, la corrupción, el desorden, la falta de sentido del bien común, la avaricia, el consumismo compulsivo, el culto al dinero y otros males sociales pre-existentes son los causantes de las serias complicaciones que la pandemia produce en una sociedad previamente enferma.
Hemos aprendido entonces que las comorbilidades no solo son condiciones individuales preexistentes, sino que existen también las comorbilidades sociales que se presentan tanto en el ámbito público como en el privado y que tienen un efecto muy negativo en nuestras posibilidades de sobrevivir como comunidad. Mientras no entendamos las cosas así, seguiremos graves y vulnerables y con pocas oportunidades de supervivencia social.


