Ya estoy vacunado GAD

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César me escribió cuando supo que había dado positivo a Covid: “Adelante, yo se que saldrás de ésta”. Fue el 9 de junio de 2020. Un mes y dos días después él murió de lo mismo.

Sus palabras me ayudaron a tomar una difícil decisión: venir o no a Texas a inocularme. Paola sabe que no estaba convencido en intentar cruzar la frontera, sellada por tierra desde hace casi un año. Pero ¿cómo pudimos hacerlo?

Es verdad que Dios decide qué, cómo y cuándo. Sus tiempos son perfectos. La semana pasada, sin avisarme, Paola buscó en páginas de Internet la posibilidad de separar fechas para la aplicación de la vacuna que empezarían en farmacias del Valle de Texas, tras hacer un viaje semanas atrás a Los Fresnos, un pequeño poblado junto a Brownsville.

Me remontaré ahora a septiembre de 2015, cuatro meses antes del nacimiento de Héctor Hugo. Esa vez tomamos otra nada fácil decisión de dónde iba a nacer nuestro primer hijo: en México o Estados Unidos.

Entrando al sexto mes de embarazo un agente estadounidense de Migración del puente Anzaldúas vio a Paola embarazada y nos cuestionó. Creí que ardería Troya. Pero fue muy amable, y en vez de pensar que Héctor Hugo iba a nacer en McAllen y que abusaríamos de las ayudas de Estados Unidos que reciben los recién nacidos de padres mexicanos, como no pagar el hospital, nos sugirió: “Que nazca en Estados Unidos por todas las ventajas que ofrece de Salud y Educación”.

Héctor Hugo nació en Mission, Texas, el 27 de enero de 2016. Y por coincidencia, recordando las palabras de César de salir adelante, fue precisamente en Mission, ciudad vecina de McAllen donde también nació Marco Sebastián, que el Viernes Santo del 2 de abril de 2021 recibí la primera dosis de la vacuna anti Covid Pzifer.

Unos días antes, por ser Héctor Hugo ciudadano americano, recibió una invitación con sus padres a conocer el sistema educativo de IDEA, financiado por Microsoft, y esa oportunidad nos permitió cruzar por el puente Nuevo Matamoros-Brownsville. La otra alternativa era tomar un vuelo a McAllen, Houston, San Antonio o Dallas buscando la vacuna. Pero tenía un pequeño gran problema: mi pasaporte está vencido.

Sí creo en Dios y estos días me confirmó que sus tiempos son perfectos. César fue mi ángel que, de algún modo, hizo que el agente de Migración nos diera permiso para cruzar los dos. El resto de la historia la conocían no a detalle, por eso decidí ser más preciso.

No, no tengo ningún tipo de pena por haberme vacunado en Estados Unidos como en un principio critiqué a quienes lo hicieron. Porque si en México todavía mis padres de 90 y 84 años aún no reciben la primera dosis, como millones mayores de 60, ¿cuánto tiempo iba a esperar para mi turno y el de Paola?

En las últimas horas he compartido con amigos el camino que me atreví a tomar con el impuso de mi esposa. Ojalá se animen porque es un asunto de sobrevivencia.

¿Cómo se siente?, me preguntó Sara, la enfermera hispana de la farmacia antes de pinchar en mi hombro la Pzifer. “Estoy muy emocionado. Agradecido con Dios de estar aquí”. Me dijo que un tío de ella murió de Covid el año pasado en Reynosa, en la misma clínica del IMSS donde César falleció el 11 de julio.

De vuelta a Brownsville, manejando por la carretera 83, no pude contener el llanto. César, te hice caso: “Adelante, yo se que saldrás de ésta”.

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